Los presupuestos
Comedia en tres actos

de

Pablo Alonso de la Avecilla

Este libro electrónico es cortesía de

http://www.dominiopublico.es

Al Sr. D. Anselmo Olleros, etc., etc.

Querido Anselmo: como hombre de negocios y de método en tus negocios, a ti te corresponde de derecho este recuerdo de tu más caro y cordial amigo

Pablo.

Esta obra es propiedad del CÍRCULO LITERARIO Y COMERCIAL, que perseguirá ante la ley al que sin su permiso la reimprima, varíe el título o represente en algún teatro del reino o en alguna sociedad de las formadas por acciones, suscriciones o cualquiera otra contribución pecuniaria, sea cual fuere su denominación, con arreglo a lo prevenido en las reales órdenes de 8 de abril de 839, 4 de marzo de 1844 y 5 de mayo de 1847, relativas a la propiedad de obras dramáticas.

Se considerarán reimpresos furtivamente todos los ejemplares que carezcan de la contraseña reservada que se estampará en cada uno de los legítimos.

La administración de esta comedia está exclusivamente a cargo del CÍRCULO LITERARIO COMERCIAL.

PERSONAJES
 
EL BARÓN DE BURMANT.
EMILIA, su esposa.
ADELA,su sobrina.
DARNY,tenedor de libros.
RICARDO,oficial de teneduría.
RUMPIER,agente de negocios.
LÓBER, agente de cambios.
SOMBILL, banquero.
DUPRÉ,portero.
ANTONINA,su mujer.

La acción es en París en la época de...

Acto I


Gran oficina de teneduría de libros con deferentes mesas: a la derecha una puerta sobre la que se leerá CAJA, puerta grande en el fondo y a la izquierda una puerta de escape.

Escena I


RICARDO escribiendo sobre una mesa; DARNY leyendo en un libro mayor abierto sobre un atril de teneduría y hojeando el libro.

DARNY.-    (Después de hojear y leer algunos momentos, pegando una palmada sobre el libro.)    (Aparte.)   ¡Oh! No hay recurso... Estos efectos a pagar no tienen espera.  (Se pasea violento.)  

RICARDO.-    (Escribiendo y para sí.)   Malos vientos corren, cuando Darny golpea su querido libro mayor.

DARNY.-    (Paseándose preocupado.)   ¿Acabáis, Ricardo?

RICARDO.-    (Levantándose y yendo a DARNY con un pliego de marca.)   Cabalmente estaba poniendo la fecha.

DARNY.-    (Tomando el balance y mirándole preocupado.)   Tenéis gallarda letra; está muy bien... Perdonad si os he hecho madrugar para copiar el balance.

RICARDO.-   ¡Qué locura! Los números son mi comidilla... Confieso que me habéis pegado la afición... y además sois mi jefe, y solo deseo complaceros.

DARNY.-    (Viendo con preocupación el balance, pero esforzándose en fingir serenidad.)   Poco efectivo hay en caja. Habrá que reconcentrar fondos... ¿Disteis el aviso a Lóber?

RICARDO.-   Antes de venir al escritorio le dejé enterado de que le esperabais.

DANY.-   Si viniese, que vuelvo al momento: voy a la caja.  (Se entra en la caja.)  

RICARDO.-    (Pensativo.)   Aquí hay algo de extraordinario que yo no comprendo.

Escena II


ANTONINA. RICARDO.

ANTONINA.-    (Asomando solo la cabeza por la puerta del fondo con zalamería.)   ¿Ricardo... me dais oblea para una carta?

RICARDO.-    (Saliendo de su preocupación.)   Y el corazón y la vida, bella Antonina.

ANTONINA.-    (Entrando.)   ¿Estáis solo?

RICARDO.-   Con un ángel de hermosura... frente a frente con mi felicidad.

ANTONINA.-   ¡Qué cosas tenéis!... Dadme la oblea. ¡Pero hoy habéis madrugado mucho!

RICARDO.-   Y no es a la verdad por mi gusto, porque soy muy sufrido para la cama; pero este Darny me distingue más de lo que quisiera y me favorece con trabajos extraordinarios.

ANTONINA.-   Pues el señor Barón ya está también levantado.

RICARDO.-   ¡¡Diablo!!

ANTONINA.-   Ya ha llamado a Dupré.

RICARDO.-    (Para sí.)   Si digo yo que hay algo de extraordinario...

ANTONINA.-   Y como os había visto entrar...

RICARDO.-   Eres una criatura infernal, Antonina, una mujer solo parecida a ti misma. Mil veces me das a entender con tu interés, con tus miradas, con tus sonrisas, que me amas como yo te amo, que puedo esperar de ti un edén de felicidad, y mil veces me desesperas haciendo desaparecer todas mis ilusiones.

ANTONINA.-    (Con zalamería.)   Y siempre os amo.

RICARDO.-   ¡Oh felicidad!

ANTONINA.-   Sí, como a un hermano, como os puede amar la porterita Dupré, que admite inocentemente vuestros obsequios y que con su tía os acompaña a los teatros y a los campos Elíseos... a todas panes donde nos podemos lucir sin perjudicar a mi buen Dupré... Ya veis... es mi marido...

RICARDO.-   Sí, sí...

ANTONINA.-   Pero portero de estrados del barón de Burmant, no puede acompañarme, y yo he nacido para el gran mundo, para gozar de los placeres de la buena sociedad... Vamos... no he nacido para portera.

RICARDO.-   Y por eso me dispensáis la honra de presentarme a vuestro lado...

ANTONINA.-   Y distinguirnos con mis obsequios y con mil preferencias que tantos os envidian.

RICARDO.-   Es verdad, encantadora Antonina; pero me desesperas... y luego siempre a tu lado, como una sombra fatídica, esa tu tía la pasamanera...

ANTONINA.-   Esa es nuestra mayor felicidad... Sin mi tía no pudiera ir a los teatros, ni a los Elíseos.

RICARDO.-   Pero no dejamos jamás un momento esa maldita pasamanera.

ANTONINA.-    (Con intención.)   Vamos, Ricardo, que no deja de ser amable... Así mi buen Dupré, pensando siempre en sus economías y en sus presupuestos, se resigna a que mi tía haga los gastos del teatro, me regale vestidos y braceletes...

RICARDO.-    (Para sí.)   ¡Jesús! ¡Qué perversa!

ANTONINA.-   ¿Sabéis que esta noche se estrena el Profeta? ¡¡Cuánto se habla del Profeta!!... ¡Qué lindísima partitura!... Qué brillante estará el teatro! Mi tía me dijo ayer que podría acompañarnos... Como tenéis tantos amigos en el teatro...

RICARDO.-    (Aparte.)   Aquí de Dios, Ricardo... ¡y no tengo una peseta! ¡A buen precio estarán los billetes!

ANTONINA.-   Me pondré de todo tono, pareceremos dos tortolitos... ¡Cómo os envidiarán los amigos!

RICARDO.-   Pero los billetes estarán muy escasos... Dejaremos a tu tía... Cuánto mejor estamos solos...

ANTONINA.-   Imposible... Pero viene Darny... Mirad que es preciso... preciso ver el Profeta...

(Sale corriendo.)

RICARDO.-   Esta muchacha me ha de volver loco y me ha de dejar en la más solemne bancarrota.

Escena III


RICARDO. DARNY.

DARNY.-    (Siempre preocupado y con el balance en la mano.)   Podéis retiraos, Ricardo, y volved antes de la hora de bolsa...  (Con interés.)   Buscad a Lóber, decidle que le espero sin falta.

RICARDO.-   Seréis servido, señor Darny...  (En ademán de marchar, y vuelve.)   ¿Sabéis que esta noche es el Profeta?

DARNY.-   ¡El Profeta!

RICARDO.-   Sí, esa tan célebre y tan ponderada partitura. Ya se ve, como el Barón os distingue con asiento en su palco...

DARNY.-   No me cuido de las novedades teatrales.

RICARDO.-   Siempre sobre vuestro diario y vuestro libro mayor... Pero los que no nos tomamos tantos cuidados...

DARNY.-    (Con profundo dolor.)   Hacéis bien, amigo Ricardo; aún no pesan sobre vuestra cabeza los cuidados que la encanecen; aún palpita vuestro corazón puro y tranquilo, sin que la fiebre lenta y devoradora de los negocios envenene vuestra sangre.

RICARDO.-   ¡Por Dios, Darny, me asustáis con ese melancólico y desusado acento. Si vos padecéis, si me necesitáis...

DARNY.-    (Tranquilizándose.)   No, querido Ricardo; momentos desagradables y nada más. Cuidaos de vuestro Profeta.

RICARDO.-   Sí, señor Darny... pero es el caso que no voy solo y que esos malditos empresarios, aunque amigos..., son tan judíos...

DARNY.-   ¡Ah! ¿Estáis sin dinero como siempre?

RICARDO.-   Pues... sí señor... con esa enfermedad crónica en que apenas siento momento de alivio; con esa maldita calentura maligna y epidémica, que creo haber transmitido a cuanto viviente me rodea saliendo de los umbrales de esta casa. Y qué queréis, casi tengo a honra que un dependiente del opulento Barón de Burmant sea pobre.

DARNY.-    (Con rubor para sí.)   ¡Oh, qué vergüenza!   (Tranquilizándose y dándole la mano.)   Sois excelente muchacho, pero quisiera por lo mismo que arreglarais vuestra conducta. Tenéis doscientos francos mensuales en el escritorio; y solo, sin obligaciones de familia, debierais vivir con holgura.

RICARDO.-   Eso, señor Darny, sería en el siglo pasado, no en este que corre de goces, de materialismo, de lujo insaciable.

DARNY.-   Sin embargo, todo hombre racional debe huir de ese torbellino del siglo; debe tener la fuerza bastante para resistirse y no ser arrastrado por ese torrente devastador que tantas víctimas sepulta en el abismo.

RICARDO.-   Sí señor, bien lo conozco. ¡Pero son tan pocos esos fuertes varones que se resisten! ¡Tiene el materialismo del siglo tantos atractivos!

DARNY.-   No importa... Contáis con doscientos francos bien pagados... Estableceros un estricto presupuesto de gastos.

RICARDO.-   ¡Ay señor Darny!... Oficial de teneduría, siempre a vuestro lado, ya veis si tendré adición a los números, si formaré mis presupuestos con docta maestría... pero todo es en vano... Hay dos presupuestos como sabéis... ordinario y extraordinario.

DARNY.-   Y bien...

RICARDO.-   El ordinario, es decir, mi hospedaje, todo lo cotidiano y que está de pellejo adentro, le tengo tan alambicado, tan pasado por alquitara, que nada deja que desear... ¡pero el extraordinario, señor Darny, el extraordinario o eventual!... ¡Ahí es donde fracasan todos los números! ¡Sabe usted lo que pesa un sastre en la balanza del eventual... lo que pesa una griseta!

Escena IV


Dichos. DUPRÉ, con dos papeles que entrega a DARNY.

DUPRÉ.-    (Con gravedad.)   Estos dos libramientos de la señora Baronesa y los portadores han pasado a la caja...

(DARNY lee los papeles y gesticula violentamente.)

RICARDO.-    (Chanceándose con DUPRÉ.)   Bien, señor portador; es usted digno portero de un capitalista.

DUPRÉ.-    (A RICARDO con jovialidad, marchándose.)   Mocito, tengo que cojerle un rato para que me haga unas cuentecitas.

RICARDO.-   Siempre a vuestras órdenes, amable Dupré.

DARNY.-    (Arrojando los papeles sobre la mesa.)   ¡Esto es intolerable!... ¡Cuatro mil francos la modista... y cinco mil la tapicería del gabinete de la Baronesa!

RICARDO.-   Esas partidillas, señor Darny, irán al presupuesto eventual del señor Barón. El eventual, como yo os decía, es el monstruo de siete cabezas... no... de siete tragaderos.

DARNY.-   Es preciso de una vez establecer el orden; donde no hay orden él se pone.

RICARDO.-   ¿libra la señora baronesa ya fuera del presupuesto?

DARNY.-   Son cosas graves, Ricardo, que no pueden tomarse a risa.

RICARDO.-   Pero, señor Darny, si pagáis con hacer dos asientos al eventual de gastos. El que lo tiene lo ha de gastar... ¿qué sería si no de los artistas?  (Imitando la gravedad de DUPRÉ.)   Y, como dijo Dupré, los portadores han pasado a la caja...

DARNY.-    (Firmando violentamente los libramientos.)   Es verdad... sí...

RICARDO.-   Y ya con la pluma en la mano, otro asiento a gastos generales de mis doscientos francos del mes que corre... que me espera el Profeta.

DARNY.-    (Firmando violentamente de pie.)   Será el último... En esta casa no se pagará hasta el día treinta de cada mes.

RICARDO.-   ¡Ay, Antonina... cuánto tengo que ofrecerte!

Escena V


EL BARÓN DE BURMANT, en bata, que entra por la puerta de escape y se sienta melancólico y grave en una butaca. RICARDO, que le ve, le hace un respetuoso saludo. DARNY, sin haber advertido en el Barón, que da a RICARDO los tres libramientos.

DARNY.-    (Con violencia.)   Tornad, que pague el cajero.  (RICARDO toma los papeles, vuelve a saludar al BARÓN DE BURMANT y entra en la caja. DARNY, que advierte en el BARÓN DE BURMANT.)   No os había visto, señor Barón. No os esperaba tan temprano en teneduría.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Siempre es tarde para quien no duerme; para el desdichado que sufre una fiebre lenta que le devora; para el que, agotadas sus fuerzas, lucha solo con su desesperación.

DARNY.-    (Aparte.)   Ya me ha enternecido cuando pensaba ser inexorable.

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¿Ya sabréis, Darny, que llegó anoche el correo de la Martinica?...

DARNY.-    (Severo.)   Que indudablemente traerá el protesto, por falta de aceptación, del giro de los ciento ochenta y cinco mil francos que libré a vuestra orden y vos endosasteis al tomador...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Es cierto.

DARNY.-   Y que yo, por haber usado con dolo de crédito supuesto, seré ignominiosamente condenado a una argolla pública; y que vos, como endosante insolvente, tendréis que sufrir las desastrosas consecuencias de una quiebra más o menos graduada.

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Ah!... Darny...

DARNY.-   ¡Ya tocamos, señor Barón, la espantosa realidad que tantas veces me ha estremecido y que despreciabais con risa!... Este será el fin, señor Barón, de esas disipaciones escandalosas que os colocaron a la altura del grande tono de la corte y que os inscribieron falsamente entre los más notables banqueros... Pero no importa... todo es ilusión, todo es mentira; en todavía la señora Baronesa libra cinco mil francos por la tapicería del tocador, y cuatro mil por el traje de baile.

EL BARÓN DE BURMANT.-    (Levantándose con energía.)   Señor Darny... la Baronesa no es el Barón... La Baronesa aún no os ha comprometido, ni tenéis derecho para faltarla.

DARNY.-   Acabo de autorizar para el pago sus libramientos...

EL BARÓN DE BURMANT.-   No importa... La Baronesa obra según mis instrucciones... libra contra mi caja porque yo se lo mando, porque yo se lo suplico, porque quiero que goce..., porque duerme la desdichada en un lecho de rosas exhalando perfumes, que mece esta trémula mano, que siempre para ella está tranquila... porque llena de amor y de ternura, busca la felicidad en mis ojos, y la halla, Darny... la halla en estos ojos abrasados por el fuego de mi cabeza.

DARNY.-   Perdonad, señor Barón.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Basta una víctima, basta que yo sufra, hasta que caiga sobre mi todo el peso de la situación que locamente me he labrado... ¡Ah! Demasiado, demasiado llegará también a ese ángel el momento supremo...

DARNY.-   Me pesa, Barón de Burmant, haberos tocado una fibra tan sensible y dolorosa... Sabéis el interés que desde niño tengo por vuestra casa, que es la casa de vuestro padre; cuántas vigilias la he dedicado; cuánto ha descansado sobre mi débil hombro.

EL BARÓN DE BURMANT.-    (Apretándole afectuosamente la mano.)   Perdonadme, querido Darny, si en mi penosa situación pudiera heriros..., pudieron molestaros mis palabras... Sí, querido Darny, sois el poseedor de todos, mis secretos; sois el tenedor de mis libros, sois mi primer amigo...; ansío el momento de que seáis parte de mi familia; necesito de vuestra amistad...

DARNY.-   Siempre la habéis tenido, Barón.

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Ah! Demasiado, y ese es hoy mi mayor tormento.

DARNY.-   Serenáos, Barón..., pensemos fríamente en las circunstancias.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Lo tengo pensado, Darny... Los momentos aún no son extremos; aún nos quedan recursos; aún dominaremos la situación.

DARNY.-   Me hacéis respirar más tranquilo...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Sois a veces harto tímido: os preocupáis demasiado... Hace sesenta días que, sin valores en caja, rodeados de sagradas o imprescindibles obligaciones, tuvimos que hacer fondos a todo trance... Mi firma por primera vez tendría que negociarse en descubierto en la plaza, y vos, querido Darny, fuisteis tan generoso que os prestasteis a ser el librador, reservándome el honroso puesto de endosante y exponiéndoos a cubrir de ignominia y de afrenta vuestra frente pura...

DARNY.-   Bien..., hicimos fondos, salvamos vuestro crédito y vuestra posición...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Sabéis cuántas probabilidades teníamos en esos sesenta días de haber reconcentrado en caja fondos suficientes, y que el endosante, Barón de Burmant, recogiendo vuestro giro, quedase en su alta posición de banquero, si bien Darny, como librador, en posición poco airosa.

DARNY.-   Pero fallaron todas vuestras esperanzas; llegará el protesto de doscientos mil francos con la cuenta de resaca...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Mas aún tengo el grande capital de mi falso crédito. Perdisteis el vuestro por salvar el mío, yo ahora perderé el mío por salvaros y siempre os deberé el inapreciable servicio de haber prolongado mi existencia a costa de vuestra deshonra...

DARNY.-   Señor Barón, no veo yo la gravedad de la posición de la casa en los momentos críticos que nos rodean... De un momento se sale, un momento se salva; pero tras de ese viene otro y tras de ese, otro y tras del otro, la deshonra y la afrenta, si cada cual no nivelamos nuestros gastos a nuestros recursos, si no balanceamos nuestros presupuestos.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Sí, Darny, es verdad...

DARNY.-   Y el barón de Burmant gasta mucho más de lo que puede, mucho más de lo que tiene, y cada año deja en pos de sí un déficit corrosivo y destructor que le arrastra a una ruina inevitable.

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Ah, querido Darny, nunca he conseguido levantar vuestro buen talento sobre las frías demostraciones numéricas! Nunca, desprendiéndoos de la verdad aritmética y palpable de vuestra partida doble, os he podido hacer comprender la ciencia del mundo, en oposición siempre de las demostraciones matemáticas.

DARNY.-   Qué queréis... estamos poco de acuerdo... A mí la severa rigidez de los números nunca me engaña; las ficciones de esa ciencia que llamáis del mundo, desaparecen al menor rayo de luz.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Pero desnudad hoy al Barón de Burmant de su quinta y de su palacio; arrancadle sus trenes y sus libreas; presentadle a los ojos de esos círculos interesados que le rodean en la triste desnudez y mendicidad en que vos, sólo vos, le veis en sus libros; y le habréis arrebatado en un momento todas las consideraciones, toda la adulación que le ensalza; habréis acabado con su porvenir, y no tendrá siquiera el consuelo de correr fascinado tras sus luminosos rayos de esperanza.

DARNY.-   ¡Pero siempre la ficción..., siempre el engaño!...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Sí, siempre, Darny, y ese es el mayor tormento, la agonía más dolorosa... Sí, querido amigo, compadeced al desgraciado que sostiene en la sociedad una posición deslumbradora, pero ficticia... Aún no sabéis lo que padece en su lucha, aún no sabéis la desesperación con que se resiste hasta caer abrumado bajo el peso de sus necesidades.

DARNY.-   ¿Pero a qué prolongar la agonía? Vos sabéis como yo el estado de la casa...

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Oh! Callad... Hoy necesito más que nunca sostener esta horrible ficción... Hoy, cuando estoy tocando por el corruptor Rumpier gigantescos contratos que llenen mi caja y tranquilicen mi corazón... ¡Ah! Lo primero es salvar el momento espantoso que nos abruma, es preciso solo pensar en tener hoy mismo doscientos mil francos... ¡Ah! Sí... aún vale doscientos mil francos mi crédito y mi posición... Mañana sería ya tarde...  (Aproximándose a la mesa)   A cualquier interés, de cualquier modo..

DARNY.-   Siempre lo mismo, señor Barón, siempre creciendo como un gigante esa cuenta de daños...

EL BARÓN DE BURMANT.-    (Cogiendo dos letras de cambio y firmándolas.)   Tomad. Aquí os dejo firmadas dos letras de cambio en blanco... Cubridlas como queráis, sobre puntos distantes, sobre ultramar, si es posible... A ganar dos semanas, dos semanas os bastan... Salir del momento. Me parece a cada instante ver entrar al portador del protesto de la Martinica... Por Dios... Darny... a todos los corredores... a cualquier interés... de todos modos...

Escena VI


Dichos. DUPRÉ.

DUPRÉ.-    (A la puerta.)   El caballero Rumpier espera al señor Barón en el despacho...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Sí, voy al momento... Tal vez, Darny, seáis necesario en nuestra conferencia para sentar las bases de los contratos... Os llamaré si es preciso... Adiós, mi buen amigo.

(Le da la mano y entra por la puerta de escape.)

DUPRÉ.-   El corredor Lóber desea hablar con urgencia al señor Darny.

DARNY.-   Que entre, no detenedle.

(Sale DUPRÉ.)

Escena VII


DARNY, LÓBER.

DARNY.-   ¡Qué infierno!... Esta es de cerca la felicidad de muchos banqueros que envidian desde su medianía hombres sensatos...

LÓBER.-    (Que entra.)   Señor Darny.

DARNY.-   Estáis pálido, señor Lóber. ¿Habéis sufrido alguna desgracia?...

LÓBER.-   ¡Ah! Señor Darny... en el cargo de corredor de cambios se sufre mucho, si hay un corazón recto y un alma sensible.

DARNY.-   También los padecimientos se compensan con buenos corretajes...

LÓBER.-   Que nunca bastan a tranquilizar el corazón, ni menos a mitigar el sentimiento de ser el mensajero de malas nuevas a los amigos.

DARNY.-    (Sonriéndose.)   ¿Y tal vez lo diréis por mí?... Apostaría a que me queréis decir algo desagradable.

LÓBER.-   Sí, amigo, Darny... las letras sobre la Martinica que negociasteis por mi mediación hace treinta días, han sido protestadas a su aceptación, y me las ha devuelto el tomador con maneras ásperas y amenazantes, y crecida cuenta de resaca.

DARNY.-    (Con tranquilidad.)   Esta mañana tuvo el señor Barón la desagradable noticia del alzamiento de fondos que había hecho su corresponsal de la Martinica... pero el tenedor podía haberse tranquilizado, no al ver mi pobre y desconocida firma, sino vuestra intervención, con la que los giros se habían negociado, y especialmente teniendo por endosante la respetable firma del barón de Burmant.

LÓBER.-   Sabéis la desconfianza que reina en la plaza y cómo la cantidad por otra parte es harto respetable...

DARNY.-    (Con indiferencia.)   No tanto... amigo Lóber... ciento ochenta y cinco mil francos...

LÓBER.-   Y siete mil de cuenta de resaca.

DARNY.-   Que suman ciento noventa y dos mil...  (Sacando su cartera y dando un papel de color a LÓBER.)  Tomad un talón contra el banco de doscientos mil...

LÓBER.-    (Asombrado tomando el talón.)   Tanta exactitud...

DARNY.-   El Banco de Francia no protesta... Hacedme el obsequio de tomar el «recibí» y devolvedme los giros... Y os ruego hagáis observar al tomador que el alzamiento de su corresponsal puede sorprender a cualquier banquero, pero no hacer inseguro el crédito del barón de Burmant.

Escena VIII


Dichos y RICARDO.

RICARDO.-    (A LÓBER.)   Gracias a Dios que os encuentro... ¡¡Vaya si me habéis hecho correr!!

DARNY.-    (A LÓBER.)   Noticioso del alzamiento del corresponsal de la Martinica, había hecho a Ricardo que os buscase con urgencia para haberos evitado los pasajeros, pero desagradables, momentos que habéis sufrido.

LÓBER.-    (A DARNY.)   Estoy completamente satisfecho porque os veo tranquilo... Habéis padecido sin duda menos que yo. Voy sin demora a recoger los giros... a dar una severa lección al que pudo dudar ni un momento de la completa confianza de la casa...

EL BARÓN DE BURMANT.-    (Entreabriendo la puerta de escape del despacho.)   Darny, tened la bondad de entrar...

DARNY.-   Voy al momento, señor Barón.  (A LÓBER.)   Os espero sin tardanza, Lóber.

(DARNY entra al despacho de EL BARÓN DE BURMANT, LÓBER marcha por el fondo y RICARDO queda apoyado en una mesa como sorprendido.)

Escena IX


RICARDO. Después DUPRÉ.

RICARDO.-   Pues señor... no he visto nada de lo que vi, ni entiendo nada de lo que he oído... Cada semblante y cada palabra tienen para mí hoy en esta casa una significación especial que no comprendo.

DUPRÉ.-    (Entrando con socarronería.)   ¡Vaya, señor Ricardo, qué pensativo que está usted!... Aunque fuese un hombre de obligaciones como yo...

RICARDO.-   Y tantas como tengo, amigo Dupré.

DUPRÉ.-   ¡Buenas serán ellas!... Un muchacho soltero, con alta paga, y que entiende de números...

RICARDO.-   Pero que por más que cuenta, no tiene un cuarto...

DUPRÉ.-   Vaya, señor Ricardo... si lo dijera yo...

RICARDO.-   Por Dios, Dupré..., que no os pido ahora nada... Siempre, modelo de los porteros, os estaré eternamente agradecido a la generosidad con que me habéis sacado de apurillos de villar, y mi sastre sobre todo os levantará una estatua.

DUPRÉ.-   ¡Bah! Señor Ricardo... déjese usted de esas cosas... Me ha pagado usted con religiosidad y nada me debe...

RICARDO.-   No todos tendrán la fortuna de poder decir otro tanto, amigo Dupré.

DUPRÉ.-   No lo eche usted a broma, señor Ricardo. Siempre me ha conocido usted económico y de la mejor conducta, y a la verdad tenía algunos ahorritos... Pero desde que vi a esa encantadora antonina, desde que, pobre viejo, la hice el amor y tuve que portarme con lucimiento... Y se ve, conquistaba a una muchacha bonita... ¿No es verdad que es un serafín?

RICARDO.-   Y tanto, pícaro Dupré... De más de cuatro elegantes jóvenes sois envidiado.

DUPRÉ.-    (Satisfecho.)   ¡Oh! ¡Y de una honradez sin tacha! Jamás se aparta de mi lado si no va con su buena tía la pasamanera, que tanto la quiere y la regala.

RICARDO.-    (Con intención.)   Os digo, Dupré, que sois el más aventurado de todos los porteros.

DUPRÉ.-   Sí, no estoy descontento; pero, querido Ricardo, Antonina al fin no tiene más que veinte años, es encantadora, me tiene trastornad, pero me arrastra despiadadamente a la bancarrota...

RICARDO.-   ¡¡Qué decís, Dupré!!

DUPRÉ.-   Ya se ve, con un palmo bonito, yo conozco también que sería una lástima que estropease su blanca y linda mano con la escoba y en los oficios brutos. Y como su tía la pasamanera la tenía tan curiosita como una taza de plata, ya se ve, la chica quiere estar decentita, y pobre de mí, también me envanezco cuando me contemplo poseedor de tan linda criatura.

RICARDO.-   Bravo, amigo Dupré... Muy bien. Os veo un digno personaje del siglo, un filósofo moderno, un portero lanzado a los dulces goces del materialismo, olvidando vuestras antiguas y tacañas maneras... Triunfo que honra a vuestra bella y entendida Antonina.

DUPRÉ.-   Pero al freír será el reír, señor Ricardo, y por eso os decía antes que teníais que echarme unas cuentecitas... Llevo dos años de matrimonio... tenía ahorrados dos mil francos, están ya acabándose, o lo que es lo mismo, en dos años me he comido mi sueldo... No, no, digo mal, Antonina ha gastado mi sueldo y mis quinientos francos, y yo en mi corta inteligencia creo que esto no puede seguir así

RICARDO.-   Apuradillo es el caso, amigo Dupré...

DUPRÉ.-    (Sacando un papel.)   Ya sabéis que Antonina escribe bien y entiende mucho de cuentas; y, después de grandes disgustos estos días en el matrimonio, me dijo ayer con una sonrisa maligna y un tonillo amenazante: «Amigo Dupré, allí tenéis el presupuesto indispensable de vuestra esposa, no puede rebajarle más; ¡o le llenáis con exactitud, o el divorcio!»

RICARDO.-   ¡¡Dios bendito!!

DUPRÉ.-    (Afligido.)   ¡El divorcio, dijo, señor Ricardo!...

RICARDO.-    (Tomándole el papel.)   Venga acá; veamos ese presupuesto, que siempre será tan delicioso y caro como la mano que le ha escrito.

DUPRÉ.-    (Afligido.)   Lea usted, y aconséjeme, amigo mío.

RICARDO.-   Veamos.   (Leyendo.)  Presupuesto mensual pasivo.

DUPRÉ.-    (Interrumpiéndole sonriéndose.)   El demonio es esta chica. ¿Qué es eso de pasivo?

RICARDO.-   El activo, amigo Dupré, es pelo abajo, lo que se guarda; el pasivo es, pelo arriba, lo que se saca; y este por lo tanto es el introito de lo que tenéis que sacar para vuestra esposa.

DUPRÉ.-    (Con socarronería.)   Vaya, vaya, qué bonito es lo pasivo...

RICARDO.-    (Leyendo.)  

DUPRÉ.-    (Interrumpiéndole.)   Dejadme tomar aliento, señor Ricardo...

RICARDO.-   No, ya acaba.

DUPRÉ.-    (Interrumpiéndole afligido.)   Déjelo usted, señor Ricardo, déjelo usted, y dígame por mil santos. ¿Todo esto es pasivo?... Es decir, ¿pelo arriba?

RICARDO.-   ¡Pues! Sí, señor Dupré, a buen rollo buen coscorrón... Eso y mucho más vale la bella Antonina.

DUPRÉ.-   Sí, sí... ¿Pero cuánto suma?...

RICARDO.-   Una friolera... 137 francos...

DUPRÉ.-    (Pensativo.)   El señor Barón me da cuarto, mesa y mantel, librea y dos francos y medio diarios, que estoy bien pagado...

RICARDO.-   Es decir, que tenéis 75 francos al mes y os queda un déficit de 62 francos mensuales para cubrir el presupuesto de vuestra dulce y carísima mitad.

DUPRÉ.-   ¡Oh! Perdición... la bancarrota...

RICARDO.-   O el divorcio...  (Aparte.)   (Si querrá la niña dejar a Dupré para recomendarme su gratísimo presupuesto...)

DUPRÉ.-   ¿Y qué me aconseja usted, señor Ricardo?

RICARDO.-   ¿Yo? El divorcio...

DUPRÉ.-   ¡Oh, no... separarme de Antonina! ¡Dejar a mi Antonina!... No sabéis, Ricardo, lo bonita que es Antonina... y cuánto la quiero.

RICARDO.-   Pues llenar el presupuesto pasivo... Pelo arriba, Dupré...

DUPRÉ.-    (Serenándose.)   ¿Con que 62 francos de déficit?

RICARDO.-   Cabal...

DUPRÉ.-   Tengo aún, señor Ricardo, 500 francos de mis ahorros, ¿en cuántos meses puedo llenar el déficit?

RICARDO.-   Ocho meses y un piquillo.

DUPRÉ.-   O luego algunas propinas que han de caer y algunas cuentecillas pendientes con amigos...  (Con exaltación.)   Nada de divorcio, linda Antonina; tengo asegurado un año tu presupuesto, y después Dios dirá... Qué diablos, se ha de morir uno y lo ha de llevar todo Barrabás...

RICARDO.-   ¡Qué escándalo señor Dupré... qué escándalo! Aquel modelo de los porteros lanzado al mundo, arrojado en el torrente del siglo, víctima también de la filosofía reinante, pertinaz materialista...

DUPRÉ.-   Cuente usted, señor Ricardo, que todo se pega menos la hermosura. Yo también quiero gozar, quiero lucirme con Antonina, quiero que todos envidien mi ventura y...

RICARDO.-   ¡Bravo Dupré, bravo! Pero mirad, si preguntasen por mí decid que vuelvo al instante... Voy a tomar billetes para el Profeta...

DUPRÉ.-   Bien hecho, señor Ricardo. También va Antonina con su tía la pasamanera y con el vestido nuevo que la ha regalado.

RICARDO.-   Bueno va el lío.

DUPRÉ.-     (Riéndose.)   Pues será de ver el presupuesto pasivo que presente la señorita Adela a su futuro el señor Darny.

RICARDO.-   Ya veremos, amigo Dupré; pelo arriba, y todo es felicidad en este mundo.

Escena X


EL BARÓN DE BURMANT. EL SEÑOR RUMPIER y DARNY, que salen del despacho del BARÓN DE BURMANT. DUPRÉ se retira al verlos.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Aquí tenéis las oficinas, señor Rumpier, ya que queríais verlas... Nada de particular ofrecen...

RUMPIER.-     (Mirando a todas partes.)   ¡Oh! ¡La teneduría!... Este es el verdadero templo del banquero... ¡La caja!... Este es el tabernáculo.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Y vos su sacerdote.

RUMPIER.-   La habremos de llenar a nuestra satisfacción... ¿Con que qué os parece, señor Darny, el proyecto del contrato de tabaco?

DARNY.-   Magnífico, señor Rumpier... El lucro es exorbitante... Me temo sin embargo que no sean admitidas proposiciones tan onerosas.

RUMPIER.-   ¡Qué locura!... Es negocio convenido. Estas contratas en grande dan para todo... Un millón de luises de beneficio, es susceptible de mil cómodas y lisonjeras participaciones... Por otra parte, las proposiciones a primera vista aparecen altamente beneficiosas... el talento en estos negocios necesita adunar el interés público con la elasticidad necesaria para la interpretación de las cláusulas en lo sucesivo... Que el interés público aparezca a cubierto, que después las factorías expenderán tabaco o tagarnina... Ya veis, el estancamiento, el monopolio imposibilita la competencia.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Todo se allana a la grande altura de vuestro favor.

RUMPIER.-   No es menor tampoco el negocio del giro... Y ya veis, amigo mío, ese es negocio seguro y para el que ni aun se necesita capital. Algún crédito para hacerle con más beneficio.

DARNY.-   No he formado juicio exacto. Se tocó todo el asunto por incidencia.

RUMPIER.-   Pues este es negocio, más bien vuestro, amigo Darny. El Barón sólo necesita prestarnos su respetable firma. Es muy sencillo. El Estado, como sabéis, saca fuerza de flaqueza; quiere, y hace bien, aparecer al mundo, y sobre todo, a sus acreedores, con ficticia nivelación de sus presupuestos, y le es indispensable llenar con alguna regularidad sus obligaciones. Al fin de cada mes se ve en la precisión de llenar un déficit considerable...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Darny conoce perfectamente esas operaciones.

RUMPIER.-   Gira a largo, sobre futuros rendimientos... y ya veis, con los pobres se hacen los buenos negocios. Ni el quebranto del giro ni el interés se escasea y, teniendo algún favor para escoger las plazas más ventajosas, cercenar las fechas, tomar la primacía...

DARNY.-   Entiendo, entiendo...

RUMPIER.-   Al momento siguiente, y aprovechando los mejores cambios, con el respetable endoso del señor Barón, se negocia ya el papel en la plaza con doble ventaja; y, como son operaciones que con un capital limitado se multiplican hasta lo infinito, el interés de ese capital se centuplica.

DARNY.-   Es operación sin embargo en que se corre gran riesgo.

RUMPIER.-   No, amigo mío... Tal vez conviene papel que haya de ser protestado. Ancha cuenta de resaca y recambio... el Estado lo indemniza en una suma con nuevo giro seguro, nuevo interés y nuevo quebranto... ¡Oh!... Ya conoceréis en toda su extensión el negocio y veréis su enormidad.

Escena XI


Dichos. LÓBER, que hace un respetuoso saludo y habla aparte con DARNY, dándole unos papeles, y después marcha; EL BARÓN DE BURMANT se estremece al ver a LÓBER, pero sigue su diálogo con RUMPIER.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Todo queda a vuestro cuidado, amigo mío; todo está al alcance de vuestro valimiento... Por lo demás, ya sabréis que el Barón de Burmant recompensa pródigamente los servicios.

RUMPIER.-   No puedo detenerme más. Voy a la tribuna a ver presentar los presupuestos... Como os he dicho, es cosa corriente. Los descontentos desplegarán sus guerrillas, pero nada importa. Pronto nos veremos...  (Despidiéndose afectuosamente.)   Señor Barón...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Caballero Rumpier.

(LÓBER ya habrá marchado y marcha RUMPIER.)

Escena XII


EL BARÓN DE BURMANT, DARNY.

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Día espantoso, Darny!... ¡Momentos solemnes!... Una mano toca la miseria y la deshonra... la otra la opulencia y la felicidad. Lóber me ha estremecido.

DARNY.-     (Dándole los papeles que le entregó LÓBER.)   Tomad... leed...

EL BARÓN DE BURMANT.-     (Viendo las letras con incertidumbre indefinida.)   ¡¡El recibí!! Bendita sea la amistad del fiel amigo... Me habéis salvado, Darny...

(EL BARÓN DE BURMANT abraza con delirio a DARNY y cae el telón.)




FIN DEL ACTO PRIMERO


Acto II


Salen con magníficos adornos; puerta principal en el fondo; otra a la izquierda, que conduce al despacho del BARÓN DE BURMANT, y otra a la derecha que comunica a las habitaciones de la BARONESA.

Escena I


RUMPIER y EL BARÓN DE BURMANT, de elegantes trajes de calle, que salen del despacho; en el mismo momento DUPRÉ, que se presenta en la puerta del fondo.

DUPRÉ.-   ¿Señor?

EL BARÓN DE BURMANT.-   Que enganchen sin tardanza el tronco árabe a la carretela escocesa.   (A RUMPIER.)   Voy sin perder momento...

RUMPIER.-   Es preciso aprovechar los instantes; os esperaba en el despacho y celebro llevéis buen tren, porque convendrá le acompañéis hasta la cámara.

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¿Sabéis que temo, Rumpier? La oposición parece que se presenta fuerte y amenazante.

RUMPIER.-   Qué queréis... siempre la cuestión de presupuestos es animada en todos los parlamentos, porque es el campo en que, bajo la máscara de las economías públicas, trabajan los desposeídos contra los que poseen. ¡El derecho de posesión, señor Barón, es mucho derecho!

EL BARÓN DE BURMANT.-   Y una derrota de la actual administración pudiera acabar con todos nuestros proyectos de contrato...

RUMPIER.-   ¡Bah!... No lo temáis... Dios guarde muchos años a la actual administración, porque nos dispensa afecciones personales muy marcadas..., pero nos importaría poco una variación en el personal.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Mas si esa variación llegase a los principios...

RUMPIER.-   Tranquilizáos, señor Barón... Tengo motivos de conocer la corte.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Es verdad... vuestras estrechas relaciones en los elevados círculos...

RUMPIER.-   Pasaron aquellos tiempos, Barón, en que los hombres se aferraban impasibles a los principios y seguían con ellos los vaivenes de la fortuna, o tal vez sus huellas ensangrentadas.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Sí, amigo Rumpier, quizá los principios meramente políticos, rodeados acaso de esterilidad, campo tal vez infructífero, concepciones aéreas más o menos exageradas, tocan en la decrepitud de su larga carretera; pero veo en cambio que se levantan en toda Europa como un gigante los principios económicos, atrincherados en el materialismo del siglo, tras sus palpables demostraciones matemática, con su severa austeridad... ¡Qué queréis! Tengo miedo como banquero...

RUMPIER.-   ¡Qué locura, amado Barón! Seríais más exacto si dijerais que se levanta una nueva era, que podría llamarse de presupuestos... pero época de presupuestos de familia, de individualidades, en que representan un alto papel los banqueros... No tengáis miedo... Aún no hace mucho se tenía en algo la nobleza e hidalguía, se consideraba y respetaba el saber y el ingenio, se quemaba incienso ante las virtudes y se las daba adoración... pero hoy, Barón querido, el que posee, la aristocracia metálica... los banqueros... Cada cual se establece el presupuesto más ancho y holgado posible, y llenarlo es solo su cuidado.

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Ah! No; temo, sin embargo, la discusión de los presupuestos.

RUMPIER.-   Tranquilizaos, Barón; el triunfo es seguro; la mayoría no abandona a sus generosos y pródigos patronos... Pero, aunque otra cosa fuese, nuestras relaciones...

RUMPIER.-   Todos tienen su presupuesto y necesitan llenarle... Todos necesitan a los banqueros, y ese es nuestro terreno... Pero perdemos tiempo... Yo voy antes a recorrer los campamentos beligerantes, y allá os buscaré... Barón...

EL BARÓN DE BURMANT.-    (Dándose la mano afectuosamente.)   Hasta luego.

Escena II


EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡¡Es horrible, mi situación, es espantosa!! Colocado en una esfera superior a mis fuerzas, lucho y relucho en vano, y caigo al fin abrumado bajo el peso insostenible de mis inmensos gastos, a que hace mucho no alcanza mi fortuna... Retroceder es imposible... Seguir adelante también... ¡Oh! ¡Sólo un ingreso en caja de un millón de luises!... ¡Los contratos!

DUPRÉ.-    (A la puerta del fondo.)   Espera, señor, la carretela.

(Marcha.)

EL BARÓN DE BURMANT.-   Sí, voy al momento... Es preciso luchar hasta la desesperación... ¡Barón de Burmant, la afrenta o la gloria!...

(Al ir a salir precipitado, EMILIA, que sale por la puerta de su habitación, le detiene.)

Escena III


EL BARÓN DE BURMANT. EMILIA.

EMILIA.-    (Deteniéndole.)   ¡Espera, espera, Burmant! ¡Y así marchabas sin haberme aún saludado!... ¡Pero qué turbación!... Es en vano, Burmant; tú me ocultas algún horrible secreto.

EL BARÓN DE BURMANT.-    (Queriendo parecer tranquilo.)   No, hermosa mía. Los negocios... ya ves... es uno esclavo de los negocios...

EMILIA.-   ¡Siempre es así, Burmant!... ¡Siempre el banquero de los negocios y jamás de la esposa!... ¡Ah! Querido Burmant... yo creía conocerte... ¡Me he engañado!

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Ángel mío!... ¡Tú no conocerme!

EMILIA.-   ¡Ah, Burmant!... Yo te creía de una alma grande y sensible; creía que tu generoso pecho estaba abierto al amor y la ternura... ¡creía que me amabas!

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡¡Y lo pudiste dudar!!

EMILIA.-   ¡¡En vano mis ojos codician sorprender en los tuyos una mirada de amor hacia tu esposa!! ¡En vano quise contemplarte en tu tranquilo sueño!... ¡Siempre, Burmant, de mucho tiempo a esta parte, lleno de agitación y abrasada su frente! Perdóname, Burmant; me parece descubrir en tus mejillas las huellas de la ambición, y tú no eres ambicioso.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Tranquilízate, amada Emilia... Si estoy contento... Si gozo de la calma más deliciosa... ¡Si soy el más venturoso con tus caricias!... Pero ya ves... los negocios... el peso y la actividad de una casa de banca... Mira, hija... me esperan...

EMILIA.-     (Cogiéndole de la mano.)   ¡Ah! No, no marcharás tan pronto... También te esperaba tu esposa y ya marchabas sin saludarla. Ven, siéntate, Burmant...

(Llevándole al sofá.)

EL BARÓN DE BURMANT.-   Por Dios, Emilia mía...

(Resistiéndose, pero se sienta.)

EMILIA.-   Siéntate, seré muy breve... cinco minutos para tu esposa... cinco horas después para tus negocios. Yo también tengo negocios, tengo mis proyectos y los quiero consultar contigo.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Luego, después, Emilia.

EMILIA.-   Espera, Burmant... seré muy breve. Te veo intranquilo, en una vida demasiado agitada, en una esfera de actividad insostenible... y yo no puedo querer que trabajes tanto, que caigas abrumado bajo el peso de tus negocios.

EL BARÓN DE BURMANT.-   No, hija... no...

EMILIA.-   Escucha... es muy sencillo... Debemos a nuestros padres una regular fortuna; despojémonos de estos multiplicados trenes que nos rodean, de esta pompa y magnificencia que nos abruma, y retirémonos a nuestra quinta a gozar de otros placeres más puros. Tendremos bastante con bien poco y no será nuestro amor víctima de esos negocios que no te dejan tiempo para respirar tranquilo.

EL BARÓN DE BURMANT.-     (Con exaltación.)   No, Emilia, no... jamás. ¡Yo quiero mucho oro para rodearte de mucha magnificencia!... ¡Yo quiero que la luz de tu hermosura brille ornada de grandeza!... Quiero que te admire el mundo a tanta altura que te preste adoración... quiero que tus trenes, tus trajes y tus brillantes deslumbren la vista de la multitud..., que tus salones y saraos sean templos dignos de tu hermosura.

EMILIA.-     (Con tranquilidad.)   ¡Y por tanta frivolidad, querido Burmant, habrás tú de arrastrar una vida agitada y perder yo la felicidad de contemplarte a mi lado!... ¿No estaré para ti hermosa con un sencillo traje, un ligero chal y una rosa en la cabeza?

EL BARÓN DE BURMANT.-   Para mí, bella Emilia... siempre estás hermosa... para la multitud, para el mundo... para el siglo.

EMILIA.-   ¡Qué mal comprendes la felicidad!

EL BARÓN DE BURMANT.-    (Siempre impaciente.)   No puedo detenerme... pero mira. Traigo negocios entre manos, los tengo ya casi realizados... Me dejarán un millón de luises de beneficio... Luego ya será otra cosa... ya podremos luego gozar y descansar... pero ahora marcho.

EMILIA.-    (Siempre deteniéndole.)   Después no te bastarán un millón de luises, Burmant... Espérate.

Escena IV


Dichos. ADELA, que entra por la derecha corriendo con unas tarjetas en la mano.

ADELA.-     (Con atolondramiento y ligereza.)   Tía, tía, mirad... El duque de Saint-Cloud nos convida a su brillante sarao...

(EMILIA coge y mira con indiferencia las tarjetas.)

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Oh, sí!; y el duque reúne en sus salones la más alta elegancia de París.

EMILIA.-   Que no me olvides...

Escena V


EMILIA, ADELA.

ADELA.-   Yo, si fuese que tú, Emilia, mandaba por un nuevo aderezo... y si no por dos, y me dabas a mí el otro...

EMILIA.-   Si tienes varios, y de grande valor, y a mí me sobran muchos...

ADELA.-   Qué importa... los que tenemos ya nos los han visto. Los vestidos son buenos, pero necesitábamos otros brillantes.

EMILIA.-   No te creía tan dispuesta para esta noche, cuando poco hace te veía afectada por ese desvío o frialdad que adviertes en Darny.

ADELA.-   Sí, es verdad... Y le quiero...

EMILIA.-   Es muy digno de ser querido. Es joven de las más recomendables prendas, y sabes la alta estimación que de él hace tu tío Burmant, y las grandes atenciones que le guarda.

ADELA.-   Sí, pero dice que le gusto menos cuando estoy muy elegante... Mira si es rareza...

Escena VI


Dichas. DARNY.

DARNY.-   Señoras... Grande felicidad es la mía en poderos saludar al dirigirme al despacho del Barón.

EMILIA.-   Como hace tiempo que Burmant es siempre forastero para su esposa, he tenido que sorprenderle en esta pieza y detenerle a sus salida.

ADELA.-     (Con alegría y ligereza.)   ¿Sabéis que vamos esta noche al baile del duque de Saint-Cloud?

DARNY.-   Nada sabía, señorita, pero lo celebro mucho...

ADELA.-   Y yo también que no vayáis, porque iré muy elegante... y no os agradaría verme...

EMILIA.-   No seas niña... Darny da poca importancia a las exterioridades.

DARNY.-   ¡Siempre sois la misma, Adela!... Me retiro, si el señor Barón no está en su despacho...

EMILIA.-   No, deteneos, tenemos que hablar...

ADELA.-   Y yo voy a prevenir a las doncellas y a las planchadoras...   (Aparte a EMILIA.)   Dile algo, tía, de su mal genio... que yo le quiero.

Escena VII


EMILIA. DARNY.

EMILIA.-     (Volviéndose a sentar en el sofá.)   Sentaos, Darny...

DARNY.-    (Llevando una silla cerca del sofá.)   Tiemblo, porque el corazón intranquilo de todo tiembla.

EMILIA.-   Sabéis, Darny, que lejos de ser un dependiente de Burmant, sois su más estimado amigo... Cien veces me ha dicho que compartís con él el peso de los negocios con tanta fidelidad y tanta inteligencia...

DARNY.-   Señora, el Barón me favorece demasiado...

EMILIA.-   No, yo creo que solo os hace justicia, y tenéis también por lo tanto toda mi confianza...

DARNY.-   Os juro, señora Baronesa, que sabré corresponder a tantas distinciones...

EMILIA.-   Perdonad acaso una niñería... Sabéis lo que amo a Burmant, y quisiera evitarle hasta el más ligero motivo de disgusto... Es su sueño dorado vuestro proyectado enlace con su sobrina Adela... pero paréceme, Darny, que a veces, como ahora, no están enteramente de acuerdo las voluntades.

DARNY.-   Esa amabilidad con que me distinguís, me inspira confianza para depositar en vos un secreto que tal vez no tendría valor bastante para decir a Adela...

EMILIA.-    (Con inquietud.)   Hablad, Darny, hablad.

DARNY.-   Amo locamente a la bella Adela... Los cielos a mis ojos han aglomerado en ella las gracias y la hermosura; pero, señora Baronesa, me resigno con mi suerte y, antes de hacerla desgraciada, he preferido desistir de mis proyectos...

EMILIA.-   ¡Cómo... ¡Qué decís! Adela también os ama...

DARNY.-   Tal creo, señora, pero procuro entibiar nuestras relaciones...

EMILIA.-   ¿Y por qué, Darny? Cuando vuestros corazones se aman...

DARNY.-   Señora, es muy sencillo, por mucho que también os parezca una niñería. Acostumbrada Adela a la pompa y magnificencia de la casa del barón de Burmant, la persona más considerada después de su esposa, se ha rodeado naturalmente de goces y necesidades que a mí me sería imposible conllevar.

EMILIA.-   ¡¡Darny!!

DARNY.-   Reducida, señora, mi fortuna a mi trabajo...

EMILIA.-   Sí, pero el Barón dotaría convenientemente a Adela... Ya veis, a nosotros nos sobra demasiado... y más si Burmant, lleva a cabo esos grandes negocios...   (Sobresaltada.)   ¿Pero calláis?... ¡Yo no sé qué veo en vuestro semblante!... ¡¡Y también Burmant, siempre intranquilo!!..

DARNY.-   ¡Oh! ¡No señora! La agitación... el recuerdo de Adela...

DUPRÉ.-     (A la puerta del fondo.)   Los señores duques de Saint-Cloud esperan en los estrados a la señora Baronesa.

EMILIA.-    (Se levanta precipitada.)   Quedo intranquila, Darny, hablaremos.

(Marcha.)

Escena VIII


DARNY. Después RICARDO.

DARNY.-   Todo lo ignora la desgraciada... Pocos días quedan de existencia... Tras la ficción llega la realidad... Tras el lujo la afrenta... ¡Tras el déficit la ruina!... Se suceden los vencimientos... la caja está vacía... las obligaciones apremian... El Barón corre tras la salvación, pero se agotarán antes nuestras fuerzas.

RICARDO.-    (Agitado.)   Creía no encontraros y Lóber me mandaba buscaros a toda priesa.

DARNY.-    (Esforzándose para aparecer tranquilo.)   ¿Pues qué hay?

RICARDO.-   Dos cosas importantes. Que con motivo de la discusión de los presupuestos se espera grande baja en los fondos públicos; y que por las inmensas importaciones de Rusia y de las Californias pierde el oro su balanza, y que es urgente por lo tanto salir de todo el papel y todo el oro que tengáis en caja.

DARNY.-    (Fingiendo interés.)   Bueno será aprovechar las noticias... Lóber nos es muy fiel... Sí, muy fiel. Voy a la caja, esperadme aquí por si hubiese que dar órdenes.

Escena IX


RICARDO. Después DUPRÉ y ANTONINA.

RICARDO.-   Está visto que pierdo el tiempo y el dinero con Antonina... Rompimiento al canto... y variar de conducta; castigar mi presupuesto, economías y pagar a mis acreedores.

DUPRÉ.-    (Trayendo del brazo a ANTONINA, que se resiste.)   No señora, venga usted acá, que aquí está el señor Ricardo.

RICARDO.-     (Sobresaltado.)   ¡Santa Bárbara, que truena!

DUPRÉ.-   Señor Ricardo... usted vio el presupuesto de Antonina.

RICARDO.-     (Tranquilizándose.)   Creí que era otra cosa... Sí...

DUPRÉ.-     (Sacando un papel.)   Aquí está si no... Venga usted acá, señora Antonina.

RICARDO.-   Malo va eso, amigos míos, cuando los esposos se tratan con tanta ceremonia.

DUPRÉ.-   Viene una prendera a pedirme doscientos francos por un reloj de oro que la ha comprado la señora Antonina.

ANTONINA.-    (Enseñando a RICARDO el reloj.)   Mirad qué bonito... ¿Y cómo había de estar sin reloj?

DUPRÉ.-    (Mostrando el papel.)   Yo no le veo aquí en el presupuesto que me habéis pasado, luego no le debo de pagar... ¿No es verdad, señor Ricardo?

RICARDO.-    (Con intención.)   Yo creí que se lo había regalado la tía pasamanera.

ANTONINA.-     (Despacio.)   ¡¡Falso!!...

DUPRÉ.-   No señor... y yo quiero que usted me diga si debo de pagarlo no estando en el presupuesto.

RICARDO.-     (Con tono grave.)   Eso, amigo Dupré, es lo que se llama librar fuera del presupuesto, y no debéis de pagar.

DUPRÉ.-   Eso mismo decía yo.

ANTONINA.-     (Llorando.)   ¡Y me he de quedar sin reloj!... Y la porterita Dupré estará sin reloj. Me divorcio.

DUPRÉ.-     (Con seguridad.)   Bien hecho... más vale eso que arruinarme.

RICARDO.-   Bravo. Dupré... cuando el déficit es tan horroroso, no bastan débiles paliativos ni raquíticas economías, son necesarios golpes contundentes y radicales. Salvar la bancarrota es lo primero.

ANTONINA.-    (Despacio a RICARDO.)   Falso... Perverso... Me he de vengar.

RICARDO.-   Por otra parte, Dupré, vuestra cara mitad habrá cansado también a la tía pasamanera, y cayendo sobre vos todo el horripilante presupuesto...   (Despacio a Antonina.)   Ya me las pagarás, señora ingrata.

DUPRÉ.-   ¡¡Ánimas benditas!!...

ANTONINA.-     (Gritando.)   Pues bien... yo tendré reloj de oro... y sortijas de brillantes... y carretela. Y no me haces falta tú... ni usted, señor Ricardo.

DUPRÉ.-     (Gritando.)   Qué es eso...

RICARDO.-   ¡¡Yo!!... Mis presupuestos no me permiten ser dadivoso.

ANTONINA.-   Así yo quisiera...

DUPRÉ.-     (Pateando y gritando.)   Voto a Cribas...

Escena X


Dichos. EMILIA.

EMILIA.-     (Con gravedad.)   ¡Qué alboroto!... Señores... ¿Se olvidan, por ventura, que están en mi casa?

ANTONINA. DUPRÉ.-     (Humildemente.)   Señora Baronesa...

(Marchándose.)

EMILIA.-   No, deteneos. Quiero saber qué es esto. ¿Por primera vez riñendo mis buenos porteros de estrados?...

RICARDO.-   Señora Baronesa, en verdad que es cosa original y digna de meditación. Llegaba yo de las cámaras y creí que aún escuchaba a los oradores.

EMILIA.-   ¿Qué decís, Ricardo?... Siempre de buen humor.

RICARDO.-   Que a un tiempo se sostiene la misma discusión en vuestros salones, señora Baronesa, que en la tribuna parlamentaria.

EMILIA.-   Explicaos...

RICARDO.-   La discusión de presupuestos era la orden del día. La izquierda atacaba furiosamente al ministerio, no solo clamando por economías, sino acusándole también de haber hecho pagos fuera de los presupuestos, arguyéndole que lo presupuestos al fin eran un ceremonial inútil... y Dupré es aquí, señora, la izquierda... y Antonina el ministerio.

ANTONINA.-     (Con precipitación.)   Después, señorita, de que la paso un presupuesto de ciento treinta y siete francos, a costa de mis penosos ahorros y seguro de que me arrastrará al precipicio.

EMILIA.-   Pero eso no puede ser, Antonina... ¿Cómo es posible gastar más de lo que se tiene?

ANTONINA.-   Señorita, diga usted que tenía, pero que ya me lo ha gastado.

RICARDO.-   En la cámara, señora, triunfaba la oposición, se esperaba una catástrofe... Aquí, señora Baronesa, nos amenaza un divorcio.

EMILIA.-   En mi casa, Antonina, nadie gasta más de lo que tiene, en cuanto yo lo sepa...   (A RICARDO.)   ¿Y Darny que quedó aquí?

RICARDO.-   Ahí lo tenéis con el señor Sombill...

(Márchanse DUPRÉ y ANTONINA.)

Escena XI


Dichos. DARNY. SOMBILL.

SOMBILL.-   Amable sobrina.

EMILIA.-   Querido tío; hace ya tres días que me teníais abandonada.

SOMBILL.-   ¡Abandonada... nunca... hija mía! Mis demasiados negocios...

EMILIA.-   ¡También los negocios, como Burmant!

DARNY.-    (A RICARDO.)   Podéis retiraros, he tomado mis medidas... No es necesario dar órdenes a Lóber... Si le vieseis, dadle mil gracias por sus prudentes avisos...

(RICARDO se despide afectuosamente y marcha.)

EMILIA.-   Entrad, querido tío, mi corazón tenía ya necesidad de desahogarse en vuestra confianza.

SOMBILL.-   Bien estamos aquí, hija mía. También tenía necesidad de verte, de hablarte. Pero tú padeces, siéntate.   (Se sienta en el sofá.)   Sentaos, Darny.  (Aproxima una silla.)   Te veo pálida, disgustada... Hija única de mi querido hermano, eres la sola memoria que de él me queda. ¿Qué tienes hija mía?...

EMILIA.-   No lo sé, tío. Un disgusto interior, un mal estar que ni yo no me explico.

DARNY.-   La señora Baronesa es demasiado susceptible.

SOMBILL.-    (Despacio a DARNY.)   Es ya preciso que todo lo sepa.  (A EMILIA.)   ¿Burmant ha salido?...

EMILIA.-   Sí tío, hace mucho, y no ha vuelto... y ese es cabalmente mi disgusto... Siempre con sus negocios, como usted; siempre agitado, intranquilo, absorbido y olvidado de su esposa.

SOMBILL.-   Ese es mal muy general en todos los hombres de negocios.

EMILIA.-   Sí, tío, y ya estoy a ello habituada; pero de algún tiempo a esta parte, es excesivo: Burmant trabaja demasiado, vive en demasiada actividad.

SOMBILL.-     (Con intención.)   Ya se ve, ¡os habéis montado a tan elevada altura! Son tan inmensas las necesidades que os habéis creado, y os apremian... ¿No es verdad, Darny?

DARNY.-   El artículo de gastos es exorbitante.

EMILIA.-   Hace un momento se lo decía a Burmant... Deja esos borrascosos negocios, gastemos menos, reduzcámonos a una grata medianía, y tendremos bastante para vivir con lo que nos dejaron nuestros padres.

SOMBILL.-   Amada sobrina, eso era antes; cuando no elevados a tanta altura, vivíais con poco, como yo vivo, y os sobraba todo, como a mí me sobra.

EMILIA.-     (Como preguntándole con su mirada.)   ¡¡Darny!!

DARNY.-   Es demasiado cierto, señora, por desgracia; y a no ser por la mano protectora de vuestro tío, que sin saberlo el Barón, nos ha sacado de los más grandes conflictos...

EMILIA.-   ¡Ah! Sí, todo lo comprendo... tras la disipación, la ruina.

SOMBILL.-   Prudencia, amada Emilia; Darny y yo velamos, y tú debes descansar.

EMILIA.-   Querido tío, fiel amigo.

DARNY.-   Aún queda alguna esperanza. Según el Barón, tiene a punto de concluir brillantes contratos.

SOMBILL.-   Que no pasarán de locas esperanzas... de recursos de la desesperación.

EMILIA.-   Ahora me hablaba de ellos con mucha seguridad.

DARNY.-   Aunque se desgraciasen, en último caso quedaría, señora, el considerable valor de vuestra pedrería y los trescientos mil francos de vuestra dote.

SOMBILL.-    (Viendo que entra el EL BARÓN DE BURMANT.)   ¡Burmant!... Tranquilidad: Emilia... prudencia.

Escena XII


Dichos. EL BARÓN DE BURMANT.

EL BARÓN DE BURMANT.-     (Disimulando en vano un estado violento.)   ¡Cuánta fortuna! ¡Acompañada Emilia de tan queridas personas!...

SOMBILL.-     (Afectando indiferencia.)   Sí, Burmant. Aquí estábamos esperándote, porque no me quería retirar sin que, como hombre de altos círculos, me enteraras de la sesión de cámara que tan tempestuosa se presentaba hoy con los presupuestos...

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Una desgracia! La oposición ha desplegado una fuerza irresistible. La hacienda pública se ha estremecido por su base... y el crédito nacional ha padecido hondamente.

SOMBILL.-   Tranquilízate, Burmant; una nación tiene muchos recursos cuando se buscan con ánimo fuerte y recta conciencia. Una nación poderosa no muere en una sesión, ni su crédito puede estar a merced de un discurso apasionado. Pienso conservar mis rentas públicas.

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Ah querido tío!... La oposición con imprudente mano ha roto un velo que no debiera. Ha penetrado en arcanos terribles.

SOMBILL.-   Pero en que la opinión pública había, hace mucho, penetrado.

EMILIA.-   No es ese el terreno más agradable para las mujeres. Hasta luego, Burmant; adiós, querido tío.

SOMBILL.-     (Aparte acompañándola hasta la puerta.)   Bien, Emilia... prudencia... que yo velo.

DARNY.-    (A BURMANT.)   ¿Y las contratas, Barón?

EL BARÓN DE BURMANT.-   Rumpier no daba importancia a una crisis.

SOMBILL.-     (Volviendo a la escena.)   Conque, según eso, Burmant, no podrá sostenerse el gobierno contra tan rudos ataques... Es verdad, que nosotros los banqueros, los hombres independientes, los hombres que libramos nuestro porvenir en el trabajo y en el buen orden interior de nuestras casas; los que como banqueros tenemos siempre nuestros balances a la vista y nivelamos nuestro Debe a nuestro Haber, nos deben importar muy poco los caprichosos vaivenes de la política.

EL BARÓN DE BURMANT.-    (Turbado siempre.)   Sí... es verdad.

DARNY.-   Sin embargo, a veces se afectan de tal modo los intereses generales.

SOMBILL.-   Creo que en materias políticas esta la humanidad entera muy cerca de entenderse... A lo menos el mediodía de la Europa se tiende brazos fraternales indisolubles... La inviolabilidad de los derechos, la santidad del hogar doméstico, el buen orden económico de los Estados, los adelantos científicos y materiales, he aquí los caracteres del porvenir que yo vislumbro...

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Ah, querido tío, feliz vos que dormís sobre ese lecho de flores! ¡Feliz vos que veis caminar a la humanidad hacia ese edén venturoso! Feliz vos que vislumbráis el porvenir de las naciones y que apartáis los ojos del materialismo que nos rodea y de la fisonomía repugnante del siglo...

SOMBILL.-   Cabalmente, Burmant, libro en eso mismo mis esperanzas: los males tienen un término y creo que ya le hemos tocado... En la historia de lo pasado debemos leer también el porvenir... Si miramos tal vez la sociedad en globo, si fijamos una mirada desconsoladora sobre la lucha eterna que la generalidad de las familias sostiene con las necesidades ficticias que las rodean y agobian; si contemplamos la sociedad, extrayendo al individuo, desfallece en verdad el alma y se maldice el porvenir... Pero qué quieres, yo me consuelo buscando al individuo. Hallo aún muchas y grandes virtudes dentro del hogar doméstico; veo al hombre interior adornado de la ilustración y de los adelantos del siglo, por mucho que el hombre exterior sea arrastrado por el torbellino irresistible de la época. Aún oigo el grito de alarma que ha de salir de los jefes de los pueblos y que la humanidad ha de escuchar ese grito y ha de retroceder de su camino.   (BURMANT profundamente afectado y pensativo. Sigue SOMBILL mirando su reloj con indiferencia.)  Pero se me hace tarde... Adiós, Burmant... Darny, sabéis cuánto os estimo.

Escena XIII


EL BARÓN DE BURMANT. DARNY.

EL BARÓN DE BURMANT.-     (En grande abatimiento.)   ¡Qué palabras, Darny!... Ha desgarrado mi corazón... y apenas puedo levantar mi cabeza.

DARNY.-   Sombill es filósofo y tal vez comprende bien a la humanidad bajo la engañosa máscara del siglo.

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Sí, es verdad Darny!... Cuántos como yo, si pudiesen, retrocederían de ese camino de perdición... si pudiesen...

DARNY.-   ¡Qué desconsuelo!

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Ver el precipicio!... Llegar hasta su borde, horrorizarse y no poder retroceder...

DARNY.-   Tenéis el balance de la casa, estáis sobradamente enterado de los negocios...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Sí, Darny, y por eso os lo digo... Realizando todo mi Haber y comprometiendo el dote de mi esposa, apenas cubriría los artículos de mi Debe...

DARNY.-   Y sensible es por cierto esa resolución.

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Es imposible! ¡Y condenarse sin esperanza a la degradación y a la miseria! ¡Ah! No, Emilia es dueña y señora de trescientos mil francos efectivos que recibí de su haber paterno, además de una rica pedrería y alhajas de mucho valor.

DARNY.-   Que suman otros doscientos mil francos.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Emilia Sombill, mi esposa, es mi acreedor más privilegiado... ¡Oh! No... jamás... ¡Y... arrastrarla conmigo a la degradación y a la miseria!... ¡Renunciar yo a toda esperanza, dejando de deslumbrar al vulgo y a mis acreedores!... La ficción y el engaño es mi único patrimonio, y forma mi porvenir... ¡Ahí están mis únicas esperanzas! Tras la opulencia va la adulación... tras la miseria el desprecio, el abandono... Yo quiero porvenir, quiero esperanza...

DARNY.-   O ilusiones, Barón...

EL BARÓN DE BURMANT.-   O ilusiones, Darny... o sueños encantados, no la rivalidad de la desesperación y de la impotencia.

DARNY.-   Pero la caja barrida, los vencimientos que se suceden...

.EL BARÓN DE BURMANT-   Aún tengo un recurso, llegaré a él por sensible que me sea...

DUPRÉ.-    (Se presenta en la puerta, anuncia a RUMPIER y se retira.)   El Sr. Rumpier.

Escena XIV


EL BARÓN DE BURMANT. DARNY. RUMPIER.

RUMPIER.-    (Festivo.)   Siempre vuestro, amigo Barón.

EL BARÓN DE BURMANT.-     (Esforzándose en tener serenidad.)   Querido Rumpier.

RUMPIER.-   Pronto os retirasteis... Dejasteis el campo en lo más crudo de la batalla...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Vi, sin embargo, completamente declarada la victoria.

RUMPIER.-     (Con indiferencia.)   Es verdad, sí... Según las últimas y más fidedignas noticias, se ha retirado el ministerio

EL BARÓN DE BURMANT.-     (Sobresaltado.)   ¡¡Qué decís!!

DARNY.-   Ni pudiera menos de ser así, demostrado y confesado el horroroso déficit en los presupuestos.

RUMPIER.-   Pero no os inquietéis, amigos míos... el mal es ya tan crónico, que el paciente cree hallarse en su buen estado normal... Variación de nombres... los principios siempre los mismos... las necesidades públicas siempre crecientes, apremiantes y sin espera... siempre la época de los banqueros.

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Ah! Quién sabe, Rumpier.

RUMPIER.-   Lo sé yo, Barón, que no me duermo, por cierto, y traigo ya recorridas las más elevadas regiones... Mejoramos de posición... La administración entrante querrá acreditarse, cubriendo con exactitud las obligaciones; tiene por consiguiente que buscar recursos con más urgencia y no pararse en mezquindades... Son cosa concluida nuestros contratos... especialmente el giro, Barón, que está a la orden del día. Solo habrá que dar algunas ligeras participaciones.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Temo, Rumpier...

DARNY.-   Los momentos son temibles...

RUMPIER.-   ¡Siempre con temores!... Yo os daré la alta fuente de mis noticias, y no temeréis. Pero en tanto, Barón, he contraído mi ligero compromiso... una cosa insignificante... tengo que disponer de diez mil francos... y ya veis... los que no somos banqueros... Pero va en ello la salvación.

DARNY.-     (Aparte.)   ¡Diez mil francos!

EL BARÓN DE BURMANT.-    (Confuso.)   ¿Cosa del momento?

RUMPIER.-   Sí, sí, porque en estos negocios la oportunidad, el tacto...

DARNY.-   La caja está ya cerrada.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Mañana...

RUMPIER.-   Quisiera que fuese hoy, ahora mismo.

DARNY.-   ¿Y cómo buscar al cajero?

RUMPIER.-   ¡Depender así del Cajero!

DARNY.-   Es el responsable de los fondos...

RUMPIER.-   ¡¡Fatalidad!! Pues mañana a primera hora... En estos negocios la oportunidad... el tacto...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Sí, mañana...

RUMPIER.-   Voy corriendo mi mundo... Esta noche veremos en claro todo el horizonte... Barón... señor tenedor...

(Se despiden y marcha.)

Escena XV


EL BARÓN DE BURMANT. DARNY.

DARNY.-    (Después de un momento de silencio.)   ¡Diez mil francos!

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¿Y cómo negárselos?

DARNY.-   ¿Y cómo dárselos, Barón, si no los tenéis?

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Y renunciar a los contratos!

DARNY.-   ¡¡Qué recurso!!

EL BARÓN DE BURMANT.-   No, Darny, no renuncio a esa única y próxima esperanza que me queda. Realizados los contratos, encontraremos en la plaza sobrados recursos... Daré, Darny, el último paso que me queda, pero seguro a mi ver, por mucho que me cueste... No tengo otro recurso, por primera vez llegaré a mi tío Sombill.

DARNY.-   ¡Ah, Barón!... Habéis ya llegado...

EL BARÓN DE BURMANT.-    (Echando sus manos a la cabeza.)   ¡Qué decís, Darny!

DARNY.-   Le debéis doscientos mil francos... Las letras de la Martinica...

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Desgraciado!

(Cae sobre el sofá; baja la cabeza profundamente afectado y DARNY cruza sus brazos abatido.)




FIN DEL ACTO SEGUNDO


Acto III


Sala de estrados magníficamente amueblada; puerta en el fondo; otra a la derecha, que conduce a gabinete de EMILIA; y otra a la izquierda que comunica al interior de la casa.

Escena I


EMILIA y ADELA con trajes muy modestos. EMILIA con unos papeles en la mano, sentada en un sofá, y ADELA al lado cosiendo en un costurero.

ADELA.-    (Siempre con ligereza.)   Vaya, que es gracioso tu capricho... Estamos buenos modelos.

EMILIA.-    (Con aire festivo.)   ¿Sabes, Adela, que voy siendo de la opinión de Darny?... Estás más linda con un sencillo traje de casa y aplicada a tus labores...

ADELA.-   Pues yo no pienso ni como Darny, ni como tú... ¿Cuanto mejor está una muchacha, bien puesta, con riquísimos trajes, con elegantes peinados, con brillantes aderezos?... Vaya, que cuando tú tenías veinte años, no pensarías en estas rarezas.

EMILIA.-   Creo que aún no soy vieja, ni me querría retirar del mundo... Aún no tengo treinta años... Pero está tan bien una joven sencillita y aplicada a sus labores, y no con esos trajes tan costosos y leyendo cuentos fantásticos... Por otra parte, los hombres temerán el presupuesto de una elegantona... Creo que se presta más a las verdaderas conquistas la elegante sencillez.

ADELA.-   Pues, lo mismo que Darny: has aprendido muy bien sus sermones. Si te da porque hubiésemos ido así al baile de Saint Cloud, nos hubiéramos lucido... ¡Cómo llamamos la atención! Éramos las reinas el suaré. Pero si viniese alguna visita, yo no quiero que me vean así... Creerían que estábamos a máscara con estos vestidillos de percal.

EMILIA.-   Tranquílizate, Adela; he dado orden que no recibimos, y solo tiene entrada la familia... únicamente Darny...

ADELA.-   Y le prepararás sin duda esta grata sorpresa.

EMILIA.-   No por cierto... Pero mucho te cuesta el sacrificio de no haberte puesto hoy de gran toilette... y es preciso habituarse a todo... La fortuna es caprichosa, Adela. El que puede hoy, no puede mañana.

ADELA.-   Estás hecha una misionera... ¿Sacas el sermón de esos papelotes llenos de números?... Apostaría a que te los ha dado Darny.

EMILIA.-   No, al contrario... pienso yo dárselos a él, y estoy esperando a Ricardo para que en otro rato concluyamos el trabajo.

ADELA.-   Y es verdad que hace dos o tres días que lo tienes escribiendo sin levantar cabeza. A que estás componiendo alguna novela... Trae... trae acá...  (La coge los papeles.) 

EMILIA.-   Novela muy variada... que te agradará.

ADELA.-    (Leyendo.)   «Inventario de las ropas, alhajas, pedrería y efectivo, aportado por Emilia Sombill a su matrimonio con Jorge Burmant»  (Después de haber leído.)   ¡¡Y ahora has tomado esta diversión!!... ¡¡Jesús, cuántos números!!... Si digo yo que te lo ha aconsejado Darny...  (Hojeando rápidamente y lee.)   Total, quinientos mil francos.

EMILIA.-   Burmant tenía mucho más... Creo que pasaba de un millón de francos.

ADELA.-    (Dándole los papeles.)   Pues vierte bien todo ello con nuestros vestidos de percal y nuestros cuellos de cadeneta.

Escena II


EMILIA. ADELA. ANTONINA.

ANTONINA.-     (Muy lujosa para su clase.)   Los señores condes de Amberes que han dejado estas tarjetas...

(Dándoselas a EMILIA.)

ADELA.-     (Burlona.)   Mire usted la porterilla... hoy más lujosa que las amas... y con reloj de oro...

EMILIA.-   ¿Es ese el reloj, Antonina, por que te reñía Dupré?

ANTONINA.-   Sí, señorita... pero luego lo pagó y me contentó al instante.

ADELA.-   ¡¡Pobre Dupré!!...

EMILIA.-   Le estás arruinando con ese lujo excesivo y que no corresponde a tu clase.

ANTONINA.-     (Avergonzada.)   Señorita... me regala mucho mi tía la pasamanera.

ADELA.-   ¡Si! Para ella lo querría la pobre pasamanera. El señor Ricardo sí, que estaba la otra noche contigo en el Profeta... Bien os vi.

ANTONINA.-   También mi tía, señorita.

EMILIA.-   Vamos, Antonina, que ese es demasiado lujo para una portera y es preciso que no gastes tanto al pobre Dupré, que no puede.

ANTONINA.-    (Avergonzada.)   Bien, señorita.

ADELA.-   Aunque no vieras más que a tu señorita, que no vale un luis su traje, y esos papeles que tiene, en la mano valen quinientos mil francos.

ANTONINA.-   De suerte que si se hiciese moda no tener lujo; si las señoritas diesen el ejemplo... Pero todas nos excedemos.

Escena III


Dichas y RICARDO.

RICARDO.-   Disimuladme, señora Baronesa, si me he detenido algún tanto.

EMILIA.-   En verdad que hace rato que os esperaba.

ADELA.-   ¿No veis qué buenas estamos, Ricardo?

RICARDO.-   El hábito no hace al monje, señorita Adela...   (Sarcástico.)   Pero en verdad que cualquiera creería que la porterita de estrados era la señora de la casa... Las apariencias malditas engañan tantas veces...

ADELA.-   Por eso es preciso que cada una sostengamos nuestra posición.

ANTONINA.-     (Aparte.)   Estoy avergonzada...

EMILIA.-   Esa es la grande dificultad. Adela; eso es lo que trae la sociedad trastornada, porque estamos acostumbrados a juzgar por apariencias. Cada cual cree que todo corresponde a su clase; cada cual, como indicaba Antonina, nos excedemos y de ahí el desbordamiento general que todo lo ha confundido.

ANTONINA.-   Señorita, yo os aseguro que me veo avergonzada, estando hoy más lujosa que mis señoritas... Ahora mismo me voy a quitar estos adornos... ¡Ah! ¡Si así diesen ejemplo todas las señoritas, otra cosa sería!

EMILIA.-   Pobre Antonina...

RICARDO.-   Sí, bella porterita; es preciso descargar el presupuesto monstruo con que agobiáis al respetable Dupré... La tía pasamanera ha dado fondo, según me ha dicho... Ha entrado en cuentas; piensa arreglar sus presupuestos y no hay que contar con ingresos extraordinarios...

ANTONINA.-     (A RICARDO.)   Yo soy mas prudente que usted.

Escena IV


EMILIA. ADELA. RICARDO.

ADELA.-   Mucho ha querido decir Antonina, señor Ricardo, me parece que hay aquí enemigo en derrota...

RICARDO.-   Yo no se nada, señorita Adela, nada... pero hago justicia a Antonina... La gustan superfluidades, como a todas las mujeres; pero el viejo Dupré tiene un tesoro.

EMILIA.-   Cuánto me alegro oíros tan prudente siquiera una vez, Ricardo.

RICARDO.-   Señora Baronesa, ya me oiréis así siempre, porque al fin y al cabo, el que más corre más pronto se cansa, o lo que es lo mismo, el que más ve más aprende... ¡¡Pero qué cosas corren, señora Baronesa...!! Por eso me he detenido más en el café de los Dos Mundos... ¡Grandes y magníficas cosas!

EMILIA.-   Vamos, decid...

RICARDO.-   En el café de los Dos Mundos lo sabemos todo... El amo es pródigo, complace a los parroquianos. Hay gran chimenea antes de entrar en el billar. A las ocho de la mañana se posesionan de ella varios cesantes que han hecho profesión de no aprender nuevo oficio; llegamos después los que tenemos por costumbre saludar al paso aquellos santos lugares; van luego los veteranos del ejército del imperio, que como viejos trabajan poco y madrugan menos; la sociedad es amena, ruedan algunas copas, el que lo tiene lo pone, el que lo pone lo pierde, o el amo en el último caso, ¡y allí se revuelven los Dos Mundos!

ADELA.-   Buena sociedad tenéis, por cierto...

EMILIA.-   Pero vamos esas grandes noticias...

RICARDO.-   Es verdad... La sociedad de la mañana en los Dos Mundos ofrece poco... los franquillos que por allí se extravían entre los que han salido temprano al menudeo, si ha de amanecer Dios en sus casas. Por la tarde es ella; ya anochecido, y a las altas horas de la noche que es cuando bulle y se agolpa y se agita la buena sociedad... Vieran ustedes allí todas las clases del Estado... Pero qué, no, no verían ustedes nada... completamente llenado el formulario de todas las exterioridades, cada caballero particular parece un duque en su porte y en sus maneras, en el imperioso tono de llamar a los mozos y de ofrecer con esplendidez a los amigos y concurrentes... ¡¡Los que vemos somos los antiguos parroquianos; los que al través de las exterioridades estamos en el fondo de las cosas y de las personas!!

ADELA.-   Bien, y qué...

EMILIA.-   ¡Cuándo tendréis juicio!...

RICARDO.-   Ya llegaremos, señoras, a las noticias... ¡¡Allí somos todos completamente iguales; reina la más amplia democracia; allí somos la verdadera personificación del siglo!! Todos a un tiempo, acreedores y deudores recíprocos, allí faltaría toda la partida doble de mi jefe Darny... Allí somos cada uno un misterio inexplicable a nuestros propios ojos; todos gastamos más de lo que podemos, y hablar allí de presupuestos es hablar de imposibles. Nadie se ocupa de sus presupuestos, pero todos nos ocupamos de los del Estado.

EMILIA.-   Vaya, no acabaríais nunca, y urge finalizar estos trabajos.

RICARDO.-   Al instante, señora Baronesa; pero según las noticias de los Dos Mundos, el nuevo gabinete arregla definitivamente los presupuestos del Estado, y se dan ya como seguras cosazas que ha de traer hoy el Monitor... y yo me he propuesto, siempre ministerial, ir delante del gobierno, y voy a arreglar definitivamente mi balance...

EMILIA.-     (Dándole los papeles.)   Tomad... Sacad todas esas sumas parciales y que quede todo bien claro.

RICARDO.-    (Tomando los papeles.)   Bien sabe la señora Baronesa, que para cuentas claras lo entiendo.

(Se entra en la habitación de EMILIA.)

Escena V


ADELA y EMILIA.

ADELA.-     (Siempre con vivacidad.)   Emilia, yo me voy ya a vestir...

EMILIA.-   Espera, Adela; bien harás por mí el sacrificio de conservar ese modesto traje algunas horas más...

ADELA.-   Si tú te empeñas... Pero si nos ve tu esposo y mi tío, que tanto está por el gran tono y tan recomendado nos tiene el lujo y la opulencia, nos va a costar una desazón.

EMILIA.-   No lo creas.

ADELA.-   Vaya que sí.

EMILIA.-   Ya sabes, Adela, que el ser sobrina de Burmant ha bastado para que yo te haya tenido siempre a mi lado con el amor de una hermana, de una hija...

ADELA.-   ¡Qué cosas tienes, Emilia!

EMILIA.-   Desgraciadamente sin hijos, tú eres la más inmediata y visible sucesora de la casa del barón de Burmant, que es tu único padre desde los primeros años que quedaste en el mundo huérfana y sin fortuna...

ADELA.-   Sí, querida Emilia; y desde que estoy a tu lado no me ha faltado jamás el amor y la ternura de una madre...

EMILIA.-   Sin otro porvenir que Burmant y tu belleza...

ADELA.-   Estás hoy incomprensible, Emilia...

EMILIA.-   No... pero figúrate por un momento que no marchasen bien los negocios de Burmant, que su casa viniese a menos...

ADELA.-   ¡¡Qué dices, Emilia!!...

EMILIA.-   La fortuna es caprichosa... Tras la opulencia está a veces la miseria...

ADELA.-     (Precipitada.)   ¡Ah! Querida Emilia... Querida madre... Ya lo comprendo todo... No, no digas más... Ya entiendo la significación de estos trajes, ya comprendo esos papeles que distes a Ricardo.  (Dejando la labor y levantándose precipitada.)   Yo también tengo muchos aderezos, muchos brillantes, que me los has dado tú y que me los ha dado Burmant... Yo también tengo mucha pompa inútil y vergonzosa... Yo soy digna de ti querida Emilia...   (Va a marchar.) 

EMILIA.-    (Deteniéndola.)   No, Adela, espera.

Escena VI


Dichos. BURMANT.

ADELA.-     (Se marcha agitada corriendo sin advertir en EL BARÓN DE BURMANT.)  No, no... todo lo comprendo...

EL BARÓN DE BURMANT.-    (Descolorido, pensativo, pero siempre esforzándose en mostrar serenidad.)   Querida Emilia, no quiero salir de casa sin verte... No dirás que te olvido por los negocios...

EMILIA.-   Jamás, querido Burmant... Duermo muy tranquila en la seguridad de tu amor... Tú también sabes el mío...

EL BARÓN DE BURMANT.-     (Apretándola la mano.)   Sí, amada esposa, sí... Pero en ese traje... siendo ya horas altas de la mañana... y lo mismo Adela, que entraba llorosa para su habitación...

EMILIA.-   Nada, Burmant... caprichos que tenemos las mujeres... A veces también el lujo nos fastidia y preferimos la sencillez...

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Pero siempre hermosa como tu alma!... ¡Siempre los sueños dorados de tu esposo!

EMILIA.-   ¡Qué felicidad tan inagotable es el amor, Burmant!... ¿Qué valen para el amor los atavíos de la sociedad?... Cuando dos almas se comprenden y se aman...

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Como nosotros nos comprendemos, Emilia, y nos amamos!...

Hace pocos días te decía que también estaría para ti hermosa con un sencillo traje y una flor en la cabeza...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Sí, siempre hermosa...

EMILIA.-   ¿Qué nos pueden importar entonces las riquezas... ni esta pompa y esta suntuosidad que nos rodea y acaso nos abruma?... ¿Qué nos pueden importar, Burmant, los atavíos del siglo, las superfluidades humanas, y los reveses de la fortuna?

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Oh! ¡Emilia de consuelo!... ¡Tus palabras derraman gota a gota en mi corazón un bálsamo delicioso que le conforta y anima!... También hay felicidad en la desgracia...

EMILIA.-   También los pobres son felices, Burmant, si han debido al cielo un corazón recto y un alma sensible... También los pobres aman y son amados...

EL BARÓN DE BURMANT.-     (Con profundo dolor.)   Sí, Emilia... los pobres que han nacido pobres o se han hecho pobres... pero que no han arrastrado a otros a la pobreza.

EMILIA.-     (Estremecida.)   ¡Qué horror! ¡Por Dios, Burmant!... Que han arrastrado a otros a la pobreza...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Que han abusado de su buena fe y de su confianza...

EMILIA.-   No, Burmant... no... Tú no eres de esos... ¡Yo he sorprendido... mi amor ha sorprendido en tu semblante, en tus miradas, la lucha de tu corazón, los combates de tu alma!... Yo he velado, Burmant, mientras tú corrías desvanecido tras las ilusiones del mundo... Ya es en vano la ficción... lo sé todo, Burmant...

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡¡Oh desgraciada!!...

EMILIA.-   No, no, jamás, Burmant, si cuento con tu buena razón y con tu amor profundo... Aún tengo fijados mis ojos en nuestra felicidad, en la tranquila felicidad del que vive lejano del mundo, más lejano de sus ficticias necesidades...

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡No, Emilia, no, aún brilla un rayo de esperanza!... Aún espero en los contratos... ¡¡Aún me bastan para ello mis exterioridades; estas apariencias que me rodean, esta atmósfera fabulosa de grandeza en que respiramos!!... Aún lucho con desesperación por un porvenir que vislumbro...

EMILIA.-   ¿Aún después, Burmant, de las variaciones políticas?

EL BARÓN DE BURMANT.-   Aún después de todo, Emilia... Rumpier lo decía... Todos los gobiernos tienen en este siglo necesidades... El país cae agobiado bajo sus presupuestos, y el gobierno necesita a los banqueros... Aún soy fabuloso banquero...

(Sale precipitado.)

Escena VII


EMILIA.-     (Queriendo detenerle y yendo tras de él.)   Burmant... Burmant... ¡Y marchó, y aún le domina el vértigo de esperanza, que en los momentos angustiosos no abandona a los desgraciados!

Escena VIII


EMILIA. SOMBILL.

EMILIA.-   Amado tío...

SOMBILL.-     (Contemplándola.)   ¡¡Siempre esas lágrimas, hija mía!!... Te creía de más valor y de más prudencia...

EMILIA.-   No son lágrimas de dolor, querido tío, ni lágrimas de debilidad... Me siento con valor para todo... ¡¡Son lágrimas de ternura, lágrimas de amor!!...

SOMBILL.-   Que también me arrancas a mi pesar, y yo contigo lloro.

EMILIA.-   Tranquilidad, amado tío, tranquilidad...

SOMBILL.-   Creía aquí a Darny...

EMILIA.-   Me ha enterado de todo completamente.. Estoy en todos los pormenores necesarios... Ahí le tenéis... Enteraos si lo necesitáis... Seré pronto con vosotros... Adiós, Darny...

(DARNY entrando hace un respetuoso saludo a EMILIA que marcha.)

Escena IX


SOMBILL. DARNY.

SOMBILL.-   No extrañéis, Darny, verme conmovido... ¡Amo tanto a Emilia!... ¡Es tan angelical!...

DARNY.-   ¡Veros conmovido, señor, cuando hace ya dos años que compartimos las angustias de esta casa! ¡Muere tan poco a poco una casa que ha tenido grandes recursos!... ¡Su agonía es espantosa!...

SOMBILL.-   Pero ha llegado el momento, Darny... Harto tiempo hemos dado a Burmant para que reconociera el precipicio a que caminaba... ¡Harto tiempo, desvanecido por la presunción, ha corrido temerario tras los placeres de ese edén de grandeza que se ha forjado!... Pero no le culpo, porque tiene muchos imitadores en todas las jerarquías sociales.

DARNY.-   ¡¡Son tan pocos los hombres y las familias que viven arregladas a su haber!!...

SOMBILL.-   Consecuencias del materialismo del siglo y del olvido en que se tiene la formación de las costumbres...   (Sacando un papel.)   Pero vamos rectificando datos... Los momentos urgen demasiado... Los efectos a pagar se agolpan y ya no tienen espera.

DARNY.-   Ninguna, señor Sombill... Es imposible seguir adelante...

SOMBILL.-     (Mirando el papel.)   El Debe de la casa sube a dos millones seiscientos mil francos... En el Haber solo figura un millón quinientos mil.

DARNY.-   Es exacto... Aparece un déficit de un millón y cien mil francos.

SOMBILL.-   Es decir, que habrán de perder los acreedores más de un cuarenta por ciento.

DARNY.-   No, señor Sombill... Sabéis las graduaciones de acreedores... Algunos no pierden nada... La mayor parte lo pierden todo...

SOMBILL.-   Sí, es verdad... Aquí aparece como dote aportado por Emilia Sombill trescientos mil francos en efectivo...

DARNY.-   Y doscientos mil francos en pedrería y efectos. De suerte que Emilia Sombill, como acreedora de dominio, como acreedora primera y privilegiada, deduce íntegramente su haber...

SOMBILL.-   Sí, es verdad...

DARNY.-   Sigue después la suma de doscientos mil francos que se os deben, a que expresamente está hipotecada la quinta de Pontiers, que sin duda cubre ese valor... y por lo tanto, como acreedor hipotecario, retiraréis íntegra la hipoteca.

SOMBILL.-   Siguen después trescientos mil francos a Samuel Levi.

DARNY.-   Que descontó al Barón pagarés a doce meses con el veinte por ciento, como buen judío; pero tomando en garantía, que tiene en su caja, a precios cómodos, inscripciones nominales de la deuda pública que no creyó conveniente sacar el Barón a la plaza, por ser nominales y no al portador... Por consiguiente, Samuel Levi está cobrado por sí mismo con mucho exceso...

SOMBILL.-   Así hacen los judíos esas insolentes fortunas.

DARNY.-   Siguen algunos otros acreedores privilegiados que absorben el resto del Haber.

SOMBILL.-   ¿Y nada cobrarán esta otra multitud de acreedores no privilegiados y de más módicas cantidades?

DARNY.-   Nada, señor Sombill, no queda Haber alguno... y esas cantidades son acaso la única fortuna de otras tantas familias que, deslumbradas por la ficticia riqueza del Barón, se han entregado en sus manos con completa buena fe...

SOMBILL.-   Eso es espantoso...

DARNY.-   Qué queréis... es precisa la graduación que previene el Código.

SOMBILL.-   Pero hace poco, Darny, se podía deber impunemente... se podía deber con impudencia y alevosía; abusar de la buena fe y de la confianza; se podía estafar e insultar con grandeza y suntuosidad a los estafados; pero hoy la legislación penal es inexorable.

DARNY.-   Y castiga con duras penas corporales la malversación, el crédito supuesto, el abuso de confianza...

SOMBILL.-   Y no queda otro recurso que la fuga... la fuga... porque la política internacional aún protege el robo.

Escena X


Dichos. DUPRÉ.

DUPRÉ.-     (A DARNY.)   El señor Rumpier se obstina en que le es urgente e indispensable el veros.

SOMBILL.-   Que no puede ser... Ese corruptor...

DUPRÉ.-   Ya le he dicho que creía habíais salido...

DARNY.-   Decidle que entre...   (A SOMBILL.)   El Barón corre aún en su aturdimiento tras las locas esperanzas que le ha hecho concebir.

Escena XI


SOMBILL. DARNY cada uno a un lado de la escena con los brazos cruzados y profundamente pensativos. RUMPIER que entra y se dirige afectuoso a DARNY.

RUMPIER.-   Perdonad, amigo Darny, si os interrumpo en vuestras ocupaciones... Cuatro días hace que estoy en descubierto de aquellos diez mil francos, a pesar de las repetidas órdenes del Barón, y ya no puede dilatarse un momento su entrega, si no han de desgraciarse nuestros proyectos de contratos...

DARNY.-   Es verdad, señor Rumpier; tengo órdenes del Barón para entregarlos... pero esperaba a ver hoy la marcha de los sucesos...

RUMPIER.-   Perdonadme, amigo Darny, un dependiente no debe cuidarse de esas cosas...

SOMBILL.-     (Severo.)   Pero un amigo debe vigilar por otro, si le cercan hombres insidiosos.

RUMPIER.-   Señor Sombill... no entiendo la significación de esas palabras... pero es fatal a los hombres de negocios dejarse llevar de especiotas vulgares y noticias de bolsines... El gobierno necesita dinero, seguirán los giros y seguirán los contratos...

Escena XII


Dichos. RICARDO, que sale de la habitación de EMILIA.

RICARDO.-    (A DARNY.)   Mi jefe y señor: creo que vos y yo estamos de sobra en esta casa, porque habéis sacado en la señora Baronesa, una discípula tan aventajada en contabilidad, que nos puede dar ya lecciones...

SOMBILL.-   ¿Habéis estado ocupado, Ricardo, con la Baronesa?...

RICARDO.-     (DARNY le dirige miradas que entiende RICARDO.)   Sí, señor; en las horas extraordinarias que me deja la oficina, hemos estado ahí en operaciones de contabilidad doméstica...

DARNY.-     (Que se habrá acercado a SOMBILL.)   La Baronesa ha estudiado conmigo completamente el balance...

RUMPIER.-   Conque si me despacháis, señor Darny, ocuparía un tiempo precioso que estoy perdiendo...

SOMBILL.-   ¿Y si la nueva administración, caballero, variase los principios económicos?...

RUMPIER.-   Siempre lo mismo, señores, sin querer conocer que la nueva administración ha de llenar el presupuesto.

RICARDO.-   ¡Qué presupuestos!... En el café de los Dos Mundos (y cuidado, que los cesantes huelen largo) se esperaba ya hace tres horas el Monitor, variando completamente los presupuestos y Lóber quedó encargado de traerle al momento.

RUMPIER.-   Esperad el Monitor, amigos míos...

Escena XIII


Dichos. LÓBER, con un periódico.

LÓBER.-   Señor Darny, los principios económicos de la nueva administración pudieran afectar los negocios de la casa; y como quedé con Ricardo, me he apresurado a traeros el Monitor   (Dándole el periódico.) 

DARNY.-   Siempre amigo fiel, querido Lóber.

RICARDO.-     (Cogiéndole el periódico.)   Venga, venga acá, yo seré el lector.

SOMBILL.-   ¿Trae decretos?

LÓBER.-   Cosas importantes.

RICARDO.-     (Leyendo.)   «Los administradores del Estado a sus conciudadanos.»

RUMPIER.-     (En tono depresivo.)   Magnífico, señores... tenemos programa... gran golpe de Estado... un programita más...

SOMBILL.-   Oigamos... que algún programa será verdad.

RICARDO.-     (Leyendo.)   «La nueva administración será muy breve en principios políticos, al dirigirse por primera vez a sus administrados. Reconoce la inviolabilidad del hombre, la santidad del hogar doméstico y la libre emisión del pensamiento con la misma expansión y libertad que el pensamiento mismo.»

LÓBER.-   ¡Bravo!

RICARDO.-     (Siempre leyendo.)   «Las rígidas costumbres de los pueblos son las más seguras garantías de los derechos políticos y la administración se condena a la execración pública si abusase del poder que se la confía.»

RUMPIER.-    (Tono burlón.)   ¡¡Buen programita!!

RICARDO.-   «La primera y más urgente necesidad que reconoce la administración es la existencia de Estado y solo en los buenos principios económicos halla fuerza bastante para arrancarle del borde del abismo en que se desploma.»

SOMBILL.-   Despacio, Ricardo; que entendamos bien.

RICARDO.-   «La administración se estremece al contemplar el estado financiero del país y la bancarrota que le amenaza; reconoce como la necesidad más urgente dar filosófica organización a la hacienda pública y completa nivelación a los presupuestos del Estado.»

LÓBER.-   Aquí empieza lo importante.

RICARDO.-   «La administración condena todo sistema tributario que encadene la industria y el comercio, que tienda al estancamiento y monopolio, que agote y seque las fuentes de la riqueza pública; renuncia a ser gobierno rico de un pueblo pobre.»

SOMBILL.-   Bravo...

RICARDO.-   «Consigna desde luego de un modo irrevocable que entregará al interés individual, bajo un derecho protector de arancel, todos los ramos estancados; y enriqueciendo a las masas, duplicará sus productos.»

DARNY.-   ¿Oís, señor Rumpier?

RICARDO.-   «Proclama, pues, la libertad más amplia de comercio. Serán exportables sin limitación de ninguna especie todos los productos agrícolas, fabriles o industriales, con beneficio de primas de exportación; como serán importables, bajo un derecho protector, considerablemente beneficiado en bandera nacional, todas las producciones de cualquier país y de todas especies, y desapareciendo farraginosos aranceles, ese derecho protector será siempre fijo, basándose sobre los precios corrientes de las plazas y bajo la acción pública del tanteo...»

LÓBER.-   ¡Magnífico! Los aranceles deben redactarse en cuatro líneas, en lugar de esos diez mil inexplicables artículos que solo sirven para hacer cegar a los vistas de aduanas.

RICARDO.-   «La administración basará sus tributos sobre el hombre exterior, sobre las apariencias del Haber de cada uno, sobre sus gastos necesarios y superfluos, y conseguirá evitar así por una parte el lujo y la disipación pública, y acabará por otra con esa fiscalización inútil y odiosa que se llama estadística.

SOMBILL.-     (Entusiasmado.)   Me parece vislumbrar el porvenir de la humanidad.

RICARDO.-   «Se montará en el país la administración más económica, procurando que haya un saldo activo en el Haber de los presupuestos del Estado, y los aumentos de ese saldo, que incesantemente se procuren, se dedicaran a los adelantos materiales.»

DARNY.-   ¡Oh! ¡Si así fuese!

RICARDO.-   «La administración se hará esperar poco de sus administrados, medita con rotunda conciencia las reformas y espera en tanto en la confianza de sus con ciudadanos.» Siguen las firmas.

SOMBILL.-   Grandes pensamientos envuelven esas líneas; la nueva administración ha comprendido su alta misión.

RUMPIER.-     (Con ironía.)   Muy buen programa... sí, programa.

LÓBER.-   Hay sin embargo el hecho positivo que vengo de la caja central general de tomar papel sobre cajas de provincia, y he hallado suspendido todo giro a largo, ofreciendo solo al cambio corriente a la vista...

SOMBILL.-   ¡¡Qué decís!!

DARNY.-   ¿Oís, señor Rumpier?

LÓBER.-   La caja central no librará sino sobre fondos realizados.

DARNY.-   Tanto era el abuso, señor Rumpier, que no podía seguir adelante... y por eso... ya veis... mi rémora en cumplir las órdenes del Barón.

SOMBILL.-   Nada perdíais vos, caballero Rumpier; pero no lo ha querido la suerte...

RICARDO.-   ¡¡Mas qué cosas!!

RUMPIER.-    (Abochornado.)   Con vuestro permiso.

(Se despide y marcha.)

LÓBER.-     (Despidiéndose.)   ¿Tenéis órdenes que darme, señor Darny?

DARNY.-   Nada por ahora, amigo Lóber.

RICARDO.-   Si no hago falta, mi jefe... debo hacerla entre los célebres comentaristas de los Dos Mundos.

DARNY.-   Podéis retiraros.

(Marchan LÓBER y RICARDO.)

Escena XIV


SOMBILL. DARNY.

SOMBILL.-   ¡¡Y todos marchan dejando gozar de su opulencia al barón de Burmant, superior a los vaivenes de los principios económicos de la administración del Estado!!

DARNY.-   ¡¡Y solo nosotros devoramos en silencio la desastrosa situación que a todos se oculta!!...

Escena XV


Dichos, EL BARÓN DE BURMANT.

EL BARÓN DE BURMANT postrado y descolorido entra y se deja caer sobre el sofá; DARNY y SOMBILL le contemplan consternados por algunos momentos.

DARNY.-   Y bien, señor Barón...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Heme aquí postrado bajo el peso del infortunio...

SOMBILL.-   O bajo esa presión terrible de la desnivelación de tus presupuestos...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Yo soñé, querido tío, con un mundo ficticio; creí que la sociedad se deslumbraba con mis atavíos de magnificencia, como me desvanecía yo mismo; creía que la rigidez de los guarismos era una mentira en este siglo de ficciones... Pero saliendo de mi delirio, escucho el grito de mi conciencia y oigo al señor Sombill pedirme cuenta de su confianza... y oigo a Emilia Sombill que me reclama el fruto del trabajo de su padre, y caen sobre mi corazón las lágrimas de cien familias que con la palidez de la muerte me piden pan para sus hijos...

SOMBILL.-   ¡¡Desgraciado!!

DARNY.-   Y veo la mano del verdugo sellando mi frente con el hierro del oprobio, y oigo el grito de execración que me lanza fuera de la sociedad... y despreciado de todos, abandonado de todos, sepultado en la execración y en la miseria, volveré con terror mis miradas a otros tiempos de delirios y ni una mano bienhechora sostendrá mi frente.

Escena XVI


Dichos y EMILIA, que sale precipitada y estrecha fuertemente al BARÓN DE BURMANT.

EMILIA.-   No, Burmant, no... que en el pecho de tu esposa descansará tu frente enardecida y, sintiendo latir tranquilo mi corazón, latirá también tranquilo el tuyo.

EL BARÓN DE BURMANT.-   ¡Emilia, por piedad!...

EMILIA.-   Y el tesoro inagotable de nuestro amor, es nuestro; solo nos pertenece a nosotros, y ese tesoro nos basta y nos sobra para ser felices... ¡Qué nos importa el mundo!...

SOMBILL.-   Basta de lágrimas, hijos míos... El tiempo es precioso... Es necesario aprovechar los momentos... después sería tarde... huid... pasad la frontera...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Sí, que la política internacional aún protege el robo.

EMILIA.-   ¡Ah! No, jamás...

EL BARÓN DE BURMANT.-   El señor Sombill y yo liquidaremos del mejor modo posible los negocios... Salvaremos los bienes totales que aún os darán para vivir holgadamente en el extranjero...

EMILIA.-   Callad... Darny... jamás... ¡Y Emilia Sombill sería como otras mujeres acreedora de su esposo y ejercitaría contra su esposo sus derechos.!

EL BARÓN DE BURMANT.-   Y lejos de su patria comería Jorge Burmant por mano de su esposa un pan regado de lágrimas...

EMILIA.-   ¡Qué horror! Por Dios, Burmant... Todo está previsto... Yo velaba...   (Sacando unos papeles.)   Aquí están las notas de mi carta dotal... El déficit de nuestra casa no excede de un millón y cien mil francos... Mi carta dotal sube a quinientos mil francos... Todos, todos son de tus acreedores... no... no... de... de nuestros acreedores...

EL BARÓN DE BURMANT.-    (Abrazándola fuertemente.)   Emilia de mi amor...

DARNY.-   Se me arranca el corazón.

SOMBILL.-   Digno vástago de Sombill...

EMILIA.-   Darny no ha sido exacto al formar los inventarios... No... digo mal... no se ha podido olvidar al formarlos de que era nuestro amigo... Faltan en el Haber muchas alhajas que se me han comprado después de nuestro matrimonio, y que yo tengo... Aquí está su nota, suben a cien mil francos...

DARNY.-   Quería salvar, señora, cuanto pudiera...

EMILIA.-   No, querido Darny... Todo lo salvaremos si salvamos la estimación pública y tranquilizamos nuestra conciencia... Faltan en los inventarios mucho mobiliario de la casa, trenes y libreas de gran valor, y especialmente de la quinta de Pontiers... Faltan los magníficos retratos de la familia... que valen mucho... mucho... Todo sube a doscientos mil francos...

SOMBILL.-   ¡¡Los retratos, hija mía!!...

EMILIA.-   Sí, sí... todo... todo... todo es de los acreedores, nuestro no es nada...

EL BARÓN DE BURMANT.-    (Dejándose caer en el sofá.)   Ya no puedo más.

EMILIA.-    (Llegándose a él con ternura.)   Burmant... Burmant... Para estos momentos es el valor... la tranquilidad...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Para ti, Emilia, que tienes la conciencia tranquila...

Tú puedes tener ese valor que a mí me falta...

EMILIA.-   Sí, yo le tendré, Burmant... Está tranquilo... Tenemos un acreedor por doscientos mil francos, a cuyos pies no se degradará tu esposa, pidiéndole demora en su cobro, porque no lo necesita para vivir... y perdonará nuestros extravíos.  (Arrodillándose delante de SOMBILL.)   Señor de Sombill, querido tío, otros acreedores antes que vos...

SOMBILL.-    (Levantándola y abrazándola.)   Por Dios, hija mía, no os acordéis siquiera de eso... Nada debéis a vuestro tío... Él os debe vuestro amor y vuestra ternura.

EMILIA.-   Gracias, gracias, Dios bondadoso; ya queda cubierto un millón de francos. Con otros cien mil francos no debemos nada a nadie, y estaremos tranquilos.  (Pensando con agitación.)   Sí... yo buscaré, yo tendré otros cien mil francos.

Escena XVII


Dichos. ADELA, que sale corriendo y abraza a EMILIA.

ADELA.-   Sí, Emilia, aquí los tienes... Yo... sobrina de Burmant, vine a vuestra casa con los pobres atavíos de una huérfana desolada... Con mano pródiga derramasteis sobre mí el lujo con profusión... Aquí tienes la nota de mis alhajas... de mis lujosos trajes... Todo, no lo dudes, sube a cien mil francos... Ahí los tienes. ¿Necesitabas cien mil francos?...

EMILIA.-    (Abrazándola.)   Adela, Adela...

DARNY.-   Y yo que no la conocía...

ADELA.-   -Este vestidito y algún otro de poco valor es lo que he separado; esto solo me basta.

EMILIA.-   Para hacer acaso feliz a Darny.

DARNY.-   He ofendido a Adela, juzgándola mal... ya la conozco.

EMILIA.-   Y seréis dichosos como Burmant y yo. Ya tenemos cuanto debemos.

EL BARÓN DE BURMANT.-   Emilia de consuelo... Al estupor espantoso que me comprimía, ha seguido una calma tan tranquila, un placer tan inefable... Yo no te podría explicar el bálsamo consolador que has derramado en mi alma. Gozo por primera vez la felicidad del pobre que no debe nada a nadie.

EMILIA.-   Y esa felicidad, Burmant, no nos abandonará jamás. El más modesto de nuestros carruajes nos espera para conducirnos por ahora a la quinta de Pontiers... Adela nos acompaña... En tanto quedamos aquí nosotros mismos, porque quedan tío y Darny, que atenderán a cubrir los créditos con igual haber que dejamos... Dirán a todos que te has separado de los negocios, que ya solo quieres vivir para tu esposa.

SOMBILL.-   Sí, hijos míos... marchad tranquilos... Cuánto he gozado contemplando vuestro corazón... Aún se salva la humanidad.

DARNY.-   Y Adela...

EMILIA.-   Será vuestra. Allá en la quintaos esperamos... Allí lejanos del mundo seremos dichosos...

EL BARÓN DE BURMANT.-   Y bendeciremos la amistad...

SOMBILL.-   Y el hombre interior, formado por la ilustración, combatirá con el hombre exterior, arrastrado por el materialismo del siglo, y el porvenir será de la virtud, y la humanidad se salva.




FIN DE LA COMEDIA


Junta de censura de los teatros del Reino


Madrid 12 de junio de 1851.

Aprobada y devuélvase.

Juan Valero y Soto.

Artículos de los Reglamentos orgánicos de Teatros, sobre la propiedad de los autores o de los editores que la han adquirido.

«El autor de una obra nueva en tres o más actos percibirá del Teatro Español, durante el tiempo que la ley de propiedad literaria señala, el 10 por 100 de la entrada total de cada representación, incluso el abono. Este derecho será del 3 por 100 si la obra tuviese uno o dos actos.» Art. 10 del Reglamento del Teatro Español de 7 de febrero de 1849.

«Las traducciones en verso devengarán la mitad del tanto por ciento señalado respectivamente a las obras originales, y la cuarta parte las traducciones en prosa.» Idem art. 11.

«Las refundiciones de las comedias del teatro antiguo devengarán un tanto por ciento igual al señalado a las traducciones en prosa, o a la mitad de este, según el mérito de la refundición.» Idem art. 12.

«En las tres primeras representaciones de una obra dramática nueva percibirá el autor, traductor o refundidor, por derechos de estreno, el doble del tanto por ciento que a la misma corresponda. Idem art. 13

«El autor de una obra dramática tendrá derecho a percibir durante el tiempo que la ley de propiedad literaria señale y sin prejuicio de lo que en ella se establece, un tanto por ciento de la entrada total de cada representación, incluso el abono. El máximum de este tanto por ciento será el que pague el Teatro Español y el mínimum la mitad.» Art. 59 del decreto orgánico de Teatros del Reino, de 7 de febrero de 1849.

«Los autores dispondrán gratis de un palco o seis asientos de primer orden en la noche del estreno de sus obras y tendrán derecho a ocupar, también gratis, uno de los indicados asientos en cada una de las representaciones de aquellas.» Idem art. 60.

«Los empresarios o formadores de compañías llevarán libros de cuenta y razón, foliados y rubricados por el Jefe Político, a fin de hacer constar en caso necesario los gastos y los ingresos.» Idem art. 78.

«Si la empresa careciese del permiso del autor o dueño para poner en escena la obra, incurrirá en la pena que impone el art. 23 de la ley de propiedad literaria» Idem art. 81.

«Las empresas no podrán cambiar o alterar en los anuncios de teatro los títulos de las obras dramáticas, ni los nombres de sus autores, ni hacer variaciones o atajos en el testo sin permiso de aquellos; todo bajo la pena de perder, según los casos, el ingreso total o parcial de las representaciones de la obra, el cual será adjudicado al autor de la misma y sin perjuicio de lo que se establece en el artículo antes citado de la ley de propiedad literaria.» Idem art. 82.

«Respecto a la publicación de las obras dramáticas en los teatros, se observarán las reglas siguientes:

1.ª Ninguna composición dramática podrá representarse en los teatros públicos sin el previo consentimiento del autor.

2.ª Este derecho de los autores dramáticos durará toda su vida y se transmitirá por veinticinco años, contados desde el día del fallecimiento, a sus herederos legítimos o testamentarios, o a sus derecho-habientes, entrando después las obras en el dominio público respecto al derecho de representarlas.» Ley sobre la propiedad literaria de 10 de junio de 1847, art. 17.

«El empresario de un teatro que haga representar una composición dramática o musical, sin previo consentimiento del autor o del dueño, pagará a los interesados por vía de indemnización una multa que no podrá bajar de 1000 reales ni exceder de 3000. Si hubiese además cambiado el título para ocultar el fraude, se le impondrá doble multa.» Idem art. 23.